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Arde España

Un país que huele a chamusquina, como la política nacional

Cada verano la historia se repite con precisión macabra: el fuego engulle miles de hectáreas y una humareda tóxica nubla los cielos de un país que parece resignado a convertirse en pavesa. Pero no nos engañemos: España no se quema por un castigo divino ni por el azar meteorológico. A España la calcinan la dejadez, el abandono del medio rural y, sobre todo, la desidia criminal de una clase política tan negligente en la gestión como acomodada al postureo.

Las causas reales del fuego son de sobra conocidas por quienes pisan el campo y no la moqueta de un despacho. La subida de temperaturas y la sequía son el escenario, pero la mecha la prende la combinación destructiva del despoblamiento, la nula gestión forestal y un ecologismo de salón que prohíbe limpiar el monte en invierno para verlo arder en verano.

Los gobernantes, mientras, únicamente reaccionan ante el hecho consumado. No hay incendio sin su correspondiente séquito de políticos compungidos pisando la ceniza aún caliente, soltando discursos vacíos sobre la "emergencia climática" para eludir responsabilidades.

Esta debacle veraniega es el síntoma abrasador de una decadencia sistémica. Llevamos dos décadas de retroceso e incapacidad para responder a las grandes emergencias. Nos hemos acostumbrado a líderes sin sentido de la responsabilidad ni altura moral que escurren el bulto o ahuecan el ala ante cualquier contingencia.

El fuego estival solo deja al descubierto lo que la propaganda política oculta el resto del año: la desnudez de un Estado erosionado por el sectarismo y la incompetencia de quienes lo dirigen.

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