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Mentes quemadas

La falta de respuesta a los incendios

José Antonio Flórez Lozano es catedrático jubilado de Universidad

Cuando mi voz calle en la muerte, mi corazón te seguirá hablando. Rabindranath Tagore (1861-1941), poeta bengalí, Premio Nobel de Literatura en 1913.

Una vez más, asistimos perplejos e impotentes a la quema de bosques en media España (Toledo, Madrid, Castilla y León y Castellón). Miles de hectáreas de árboles autóctonos arrasadas. Inmensas pérdidas, daños incalculables y presupuestos ingentes para afrontar la repoblación forestal. Un paisaje carbonizado, tétrico, dantesco y trágico. Cementerios inmensos de esqueletos de árboles desnudos. Cada árbol es un refugio de vida: sin naturaleza no hay salud, y sin salud no hay vida plena. Los incendios son un recordatorio brutal de la fragilidad de nuestra existencia, pero también una oportunidad para reconocer la importancia del cuidado de la naturaleza, del acompañamiento emocional a quienes sufren por las pérdidas y del necesario compromiso con la preservación del entorno natural. Parajes inermes, carbonizados, sin vida. tus incendios se ven desde lejos y a nosotros no nos han quemado, pero a todos los lugareños les está consumiendo. El incendio del bosque quema la vida y el alma. En efecto, la inhalación de estos contaminantes puede provocar efectos muy dañinos para la salud, como un agravamiento de enfermedades respiratorias crónicas (asma, rinitis alérgica), irritación ocular y de las mucosas e intoxicaciones por monóxido de carbono o cianuro. Con seguridad, los evacuados y confinados expresan un sentimiento de impotencia (shock mental) y de pérdida de la propia estima que les abrasa interiormente. Miles de damnificados exhiben el rostro más amargo de las intensas jornadas de humo y fuego que vive España. Muchas víctimas quedarán impactadas y se limitarán a llevar una vida anodina y sin ilusión.

Además, la exposición a contaminantes atmosféricos derivados de incendios forestales se asocia con un aumento de la morbilidad respiratoria y cardiovascular y en estas personas expuestas al humo se observa una mayor producción de citocinas proinflamatorias y disfunción del sistema nervioso autónomo, lo que conduce a daño tisular, aumento de la presión arterial y alteraciones del ritmo cardíaco. A medio plazo, el sistema cardiovascular podría coadyuvar a los procesos de ateroesclerosis e hipertensión arterial sistémica y a nivel del sistema respiratorio a podría aparecer hiperreactividad bronquial y tos crónica y a más largo plazo podrían detectarse reacciones fibróticas del intersticio pulmonar. También se dispara la prevalencia de trastornos mentales, como el estrés postraumático, no solo en los lugareños, sino también en los bomberos Y con toda su fuerza, empiezan vislumbrase síntomas como miedo y pánico; sensación de peligro constante y shock al recordar el avance de las llamas; problemas de sueño (insomnio y pesadillas frecuentes); hipervigilancia (estar muy alerta ante cualquier ruido y olor a humo); desorientación y sensación de irrealidad.

Tampoco podemos olvidar el duelo por la pérdida afectiva de seres queridos, animales, propiedades y recuerdos. Y por supuesto, surge con una fuerza inusitada la tristeza profunda por las pérdidas (casa, bienes, paisaje natural) acompañada de desesperanza sobre el futuro. La sintomatología depresiva, el consumo de alcohol y de psicofármacos, se disparan. También, es posible que tengan recuerdos repetidos y vívidos sobre el incendio devorando en la noche sus casas. ¡Y gritos de animales quemados vivos! Esos flashbacks pueden ocurrir sin motivo aparente y provocar reacciones físicas como aceleración del ritmo cardíaco y un carrusel de emociones negativas que aumentan el cortisol, el glutamato y el daño neuronal. Son personas que sufren el rigor del estrés postraumático. Frustración crónica, desesperación, nihilismo y autolisis. Una especie de "muerte social", de risas robadas y de ausencia de humor. Un silencio profundo parece reinar en ese espacio quemado y enlutecido. Algo similar a lo que pintó Edward Munch en su cuadro "El Grito". Un horror inenarrable, miedo atroz y una incapacidad de tranquilizarse; una angustia a flor de piel. Las recetas de todo tipo de ansiolíticos, antidepresivos e hipnóticos, se dispararán en las personas afectadas. Las personas describen así el impacto psíquico del incendio: "de pronto he echado de menos aquellos paisajes en que el tiempo era mi amigo y me regalaba la calma templada de una tarde desde la antojana de mi casa; conservo perfectamente las canciones de los pájaros y el eco del vértigo que fueron los días, vivía en ese paisaje de perfume, armonía y color bajo el mandato de la despreocupación; ahora todo es de otra forma, como si de repente apareciera una densa niebla llena de dolor (lágrimas negras) y de muerte". ¿Dónde está el sonido apacible y fresco del viento entre las ramas? ¿Qué ha pasado con el perfume del brezo y de la madreselva, cuando leía tranquilamente al atardecer? ¿Qué ha sucedido con el martilleo despertador del pájaro carpintero?

Náufragos en paisajes carbonizados

Muchas personas afectadas por la voracidad de las llamas, vagan como zombis, hundidos en el dolor más profundo, engullidos por una tristeza enfermiza que a muchos les impide incluso quitarse esa vida anestesiada que pinta el rostro mismo de la muerte. Náufragos en paisajes carbonizados. Detrás del humo quedan personas enfrentadas a un duelo que no se mide en hectáreas, sino en silencios. Son los tesoros emocionales abrasados: fotos, notas, imágenes, recuerdos, legados familiares o pertenencias devastadas por las llamas. En fin, árboles en los que aprendiste a trepar, a columpiarte y a descansar; árboles que, en su sombra, abrigaban tantas comidas familiares; casas, animales y granjas esfuerzo de muchas generaciones destruidas y arrasadas. Y por eso, aparece el sufrimiento de estar vivo, de no saber si vivir merece la pena…Y unas ganas de dormirse para siempre en el recuerdo del bosque, de las sombras, de los silencios, de las ardillas escrutando el tronco de los árboles, en fin, en el arcoíris de la vida. Dice una persona confinada llena de humo e intoxicada, ¡ya no soy nada, sin mi naturaleza y paisaje! Hoy, sus silencios gritan el punto final de esta reflexión. Esperemos, no obstante que, en el páramo carbonizado por el fuego, florezca la esperanza de la vida...

La clave terapéutica será vivir con ilusión y argumentos (¡No hay otra!), mirando hacia adelante. Ahora, hay que ser capaz de pasar las páginas carbonizadas, duras y frustrantes que los han sacado de la pista de la felicidad. La intervención terapéutica, no es fácil, ¡Se ha quemado el alma! El entusiasmo, la energía mental, la ilusión y la vitalidad se han volatilizado; también se han quemado El fuego se ha extinguido, pero queda mucho por escuchar, entender y compartir. Ayudas rápidas (económicas y sanitarias), ágiles, generosas y eficaces, por parte de la administración, podrán moderar los efectos patológicos. Aliviar las incertidumbres y favorecer la expresión emocional y pensar que nuestra vida, ahora más que nunca, tiene un sentido, apoyado en fuertes creencias, que será necesario descubrir en lo más profundo del alma. Como decía Sófocles, una sola palabra nos libera de todo el peso y el dolor de la vida: el amor.

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