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Opinión

Fernando Monreal

Fernando Monreal

Doctor en Medicina y Cirugía

Mi añorado encuentro con "La muerte de Marat"

Reacciones a la contemplación de un popular cuadro del Museo Real de Bellas Artes de Bruselas

Hace muchos años que tenía ganas de contemplar un cuadro, en concreto. Se encuentra en Bruselas y, por una causa o por otra, nunca me surgía la oportunidad de acudir allí. Siempre surgía algo que me lo impedía, pero esta vez... Esta vez fue posible. Logré mi ansiado sueño.

Mi añorado encuentro con "La muerte de Marat"

Mi añorado encuentro con "La muerte de Marat"

En el Museo Real de Bellas Artes, en un día sofocante, de esos pertenecientes a la primera ola de calor del año, fue cuando coincidimos juntos en la sala donde se expone la obra de 165 cm x 128 cm, una de las imágenes más icónicas de la época de la Revolución francesa; lienzo pintado cuando Jacques-Louis David era el principal pintor neoclásico francés. Me estoy refiriendo a "La muerte de Marat". Realizado en 1793 no es solo un retrato; es una pieza de propaganda política magistralmente ejecutada.

Jean-Paul Marat era médico, pero, también un periodista radical y líder de los jacobinos, bien conocido por su retórica incendiaria. Esto llevó a Charlotte Corday, simpatizante de los girondinos (la facción moderada), entrara en la casa de Marat con la excusa de entregarle una carta en la que se incluía la lista con los ciudadanos (los desdichados) que había que guillotinar. Charlotte lo asesinó creyendo que, con ello detendría la violencia del Reinado del Terror; pero, irónicamente su muerte lo convirtió en mártir.

El destino de Charlotte Corday fue tan rápido y dramático como el acto que cometió. Lejos de intentar escapar, ella aceptó las consecuencias de sus actos con una calma que desconcertó a sus contemporáneos. Tras apuñalar a Marat el 13 de julio de 1793, Charlotte no huyó. Ante el Tribunal Revolucionario pronunció una frase que quedó para la posteridad: "He matado a un hombre para salvar a cien mil". Pero su acto radicalizó más a los jacobinos. Cuatro días después del asesinato, Charlotte fue llevada a la guillotina vistiendo una camisa roja, el color asignado a los parricidas y traidores.

¿Pero, por qué motivo Marat se encontraba en la bañera en el momento de recibir a Corday? Pues, parece ser que sufría de una enfermedad de la piel con presencia de llagas escamosas y, lo único que lo aliviaba era el agua con sales. Durante muchos años se especularon múltiples causas: desde sífilis, pasando por la sarna -escabiosis-, o psoriasis. Pero, en 2019, un equipo de científicos liderado por el paleontólogo Philippe Chartier analizó el análisis de las manchas de sangre de los periódicos que Marat estaba leyendo cuando fue asesinado (sí, todavía se conservan), y, a la conclusión que llegaron es que padecía "Dermatitis Herpetiforme", enfermedad autoinmune estrechamente relacionada con la celiaquía (intolerancia al gluten). Los síntomas son los de picazón insoportable, ampollas y llagas que se infectan y supuran, como era en su caso.

Muchos historiadores sugieren que, el dolor constante y la falta de sueño debido al picor influyeron en su carácter irascible y violento (lo cual no es de extrañar). Vivía en un estado de irritación física permanente que trasladaba a sus escritos incendiarios en su periódico, "L’ami du peuple".

¿Y qué fue de David? Pues, con la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo (1815) y la restauración borbónica, David se convirtió en un proscrito, dado que votó a favor de la decapitación de Luis XVI. Así que... fue desterrado. Pasó sus últimos años en Bélgica, donde continuó pintando retratos y temas mitológicos. Murió en 1825 tras ser atropellado por un carruaje al salir del teatro. El gobierno francés prohibió que sus restos fueran enterrados en Francia; por ello, su cuerpo permanece en Bruselas, aunque la familia logró que su corazón fuera llevado a París y enterrado en el cementerio de Père Lachaise. Y este es el motivo por el que, también, la famosa pintura se encuentra en Bruselas, en su museo de Bellas Artes, donde descansa tranquilamente junto con otras obras pictóricas de gran renombre e interés. Lo que estoy diciendo, estimado lector, es que merece la pena realizar una visita a Bruselas con tal motivo. Estoy convencido de que no le defraudará.

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