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No es como en la tele

Esperando el autobús este sábado en mi barrio, un anciano que también aguardaba en la parada me contó que iba a ver a su mujer. Está ingresada en un centro sociosanitario: fractura de fémur y alzhéimer. Antes vivían solos, sin ayuda. "Lo del alzhéimer no te lo puedes imaginar. Lo había visto en la tele, pero no es lo mismo", repetía, y es cierto: es peor, y no lo sabes hasta que lo vives. Tampoco podemos sentir en toda su dimensión la tragedia de los incendios en España. Y eso que tenemos testimonios, expertos que dan claves de lo sucedido y de lo que podemos cambiar. Vídeos y fotografías, mapas que trasladan las hectáreas quemadas en los montes de Ávila a escenarios más conocidos, y que nos intentan dar la dimensión más ajustada posible a la realidad. Evacuaciones masivas, por un lado, confinamientos inéditos, por otro, han restringido la libertad de movimiento de decenas de miles de personas y los polideportivos habilitados para atender a las personas desplazadas nos remontan en la memoria a hospitales de campaña durante el covid, campamentos ante desastres naturales por huracanes en Estados Unidos, películas de desastres de la factoría de Hollywood.

Hablamos de evacuaciones masivas, de confinamientos inéditos que restringen la vida de decenas de miles de personas. Vemos polideportivos habilitados como refugios y pensamos, inevitablemente, en imágenes recientes: hospitales de campaña durante la pandemia, campamentos improvisados tras huracanes en Estados Unidos, escenas que ya hemos aprendido a reconocer incluso a través del filtro de Hollywood. Escuchar a vecinos y bomberos cercados por el fuego pone la piel de gallina. Ser uno de ellos es otra cosa. Lo que vemos y o nos contamos es apenas una fracción de lo que viven quienes pierden su casa, su paisaje, su rutina, sus certezas.

Nos quejamos, con razón, de que se legisla en caliente, empujados por las vísceras más que por el sentido común. Pero ante desastres como estos, alimentados por el acelerón de la crisis climática, lo templado ya no basta. Tal vez hace falta precisamente eso: un impulso decidido, que deje de lado las trincheras, que transforme la impotencia en acción. Porque miles de personas ya han sido convertidas en nómadas en su propia tierra. Y quizá es momento, de una vez, de tomarnos en serio lo que está en juego.

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