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Hispanifuria o el eterno retorno del "reñidero español"

Una reflexión sobre el debate público nacional

No se esfuerce, querido lector, en encontrar un significado académico al término "hispanifuria", no existe; solo se trata de un constructo/tropo para expresar lo que nos pasa, y es la tendencia al exceso, al griterío, y a la disgregación derivada del movimiento hacia el extremo, hacia la radicalidad. Lo expresó mejor que nadie D. Antonio Maura (un liberal de la época) cuando se pronunció en los siguientes términos: "nosotros –por los españoles– somos incompatibles con las digestiones sosegadas". Una frase lapidaria que resumía nuestra historia en los umbrales del siglo XX. Mediada la centuria, como consecuencia de la transición política y la Constitución de 1978 parecíamos haber hecho propósito de la enmienda; no obstante, el "reñidero español" está de regreso como en sus mejores tiempos.

Antonio Machado ya denunció, en su tiempo, que en España el diálogo "apenas si se produce". ¿Cómo se puede producir si un yo vociferante y otro yo le responde, y ninguno de ellos se entiende? Nada parece haber cambiado.

Estamos inmersos en un proceso de polarización extremadamente peligroso porque la política (y los políticos) se han perdido el respeto a sí mismos, convirtiendo el ágora publica en un escenario, a priori llamado a dar respuesta a los problemas sociales y económicos que nos afligen, hasta convertirlo en un cenagal en el que se agitan las perores pulsiones y se zahiere al adversario desde el insulto soez, las actitudes tribales y el matonismo como sustitutivos del argumento y la confrontación de ideas.

Este radicalismo dialéctico no es un tema menor y haríamos mal en eludir nuestra responsabilidad para combatirlo por acción u omisión. El lenguaje es performativo, y lo cierto es que el conflicto político así entendido (en clave de testosterona, algo muy nuestro) puede escalar y abrir otros escenarios tenebrosos muy presentes en nuestra historia. Nuestra proverbial tendencia al empecinamiento y la poca disposición a ceder y tejer acuerdos y compromisos forma parte de nuestro ADN.

Nuestra literatura ha dado cumplida cuenta de esta nuestra naturaleza, y así en "Las Mocedades del Cid" se puede leer esta conocida copla en boca de uno de los protagonistas:

"Procure siempre acertarla

el honrado y principal;

pero si la acierta mal

defenderla, y no enmendarla".

La polarización crece, puede ya considerarse sistémica, y con ella una enorme preocupación, que se incrementa cuando se constata que personas significativas de la sociedad española llamadas a la templanza y la moderación (por cuanto representan) han perdido el control sobre su propio proceder, contagiados del contexto venenoso en el que nos desenvolvemos. Así, hace unas semanas escuchamos de boca de Monseñor Argüello (presidente de la Conferencia Episcopal) y persona habitualmente razonable, aquello de que "cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones" en clara y desafortunada alusión al Gobierno, por más que se haya apoyado en San Agustín.

Con idéntica desmesura se ha producido el siempre moderado y admirado jurista Pedro Cruz Villalón (expresidente del Tribunal Constitucional) abanderando una supuesta responsabilidad criminal del Presidente del Gobierno por gobernar sin presupuestos, en un exceso impropio del insigne jurista.

Hace apenas unos días, la Ministra Diana Morant ha traspasado otra línea roja al calificar a los gobiernos de PP/Vox de "gobiernos criminales como el de Hitler".

Todos ellos representantes o integrantes de altas instituciones que deben distinguirse por un ejercicio de mesura y prudencia. Podemos buscar atenuantes a tales excesos en función del contexto e, incluso, apelando a un "mal día", pero es el caso que, ninguno de ellos ha tenido a bien producir algún tipo de rectificación, haciendo buena la copla del Conde Lazcano más arriba reproducida.

¿Por qué hemos llegado a este estado de cosas? ¿Cómo es que estamos de regreso a una nueva versión de las dos Españas? o por decirlo al modo unamuniano, en la perpetua guerra (civil, social, cultural) de los "hunos frente a los hotros". La respuesta seguramente es compleja. Acaso una de las causas estribe en el desconocimiento de nuestra propia historia, tan problemática y difícil que, al decir de algún historiador, hemos renunciado a conocerla, acogiéndonos a la versión novelada de Galdós ("Episodios Nacionales").

Se impone un mayor conocimiento de nuestra historia, sin complejos ni restricciones; solo conociendo la historia de nuestros errores del pasado podremos reencauzar y corregir alguno de nuestros instintos más perversos (radicalidad, polarización).

En general, las nuevas generaciones de españoles tienden al desconocimiento de la historia y a una mirada peyorativa sobre sus ancestros. ¡Cuidado, ni sois tan diferentes, ni los viejos problemas parecen haber migrado de sitio, nos siguen acompañando!

Al poco de empezar estas líneas me llegaron los ecos de las redes sociales en las cuales estaba ejecutándose el penúltimo cruce de improperios entre el ministro Óscar Puente e Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, mientras miles de hectáreas de Ávila, Madrid y Toledo eran reducidas a cenizas por el fuego.

La memoria fotográfica me presentó inmediatamente la imagen goyesca del "Duelo a garrotazos" que cuelga en las paredes del Museo del Prado, obra icónica expresiva de la España de aquel tiempo. Lo cierto es que si un Francisco de Goya redivivo volviera hoy a pintarnos, nos representaría de la misma manera ¡que poco hemos cambiado! n

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