Opinión
¿Quién teme el debate, Ovidio?
Sobre posiciones que buscan interesadamente un adversario
Hay polémicas que nacen de una discrepancia y otras que nacen de la necesidad de encontrar un adversario. Las primeras suelen ser fecundas. Las segundas rara vez producen otra cosa que ruido.
Las recientes declaraciones de Ovidio Zapico sobre la Cámara de Comercio de Oviedo pertenecen, me temo, a esta segunda categoría. No porque un consejero del Gobierno discrepe de una institución. Faltaría más. El debate es consustancial a una sociedad libre. Lo llamativo es que apenas se discuten las propuestas para centrar el foco en quien las formula. Es un viejo recurso político: cuando el argumento incomoda, siempre resulta más sencillo desacreditar al interlocutor.
Y es una lástima.
Porque Asturias necesita discutir muchas cosas. Necesita hablar de por qué pierde población joven, de cómo atraer inversión, de qué está ocurriendo con la vivienda, de cómo mejorar unos servicios públicos que todos queremos excelentes o de qué hacer para que nuestros hijos encuentren aquí las oportunidades que tantas veces buscan fuera.
Sobre todo eso ha hablado la Cámara de Comercio. Con informes, con datos y con propuestas que pueden compartirse o rechazarse, pero que merecen una respuesta de la misma naturaleza: datos, argumentos y propuestas.
Sin embargo, el debate pretendido por Ovidio Zapico ha tomado otro camino. Al leer algunos artículos y declaraciones, uno acaba con la impresión de que el verdadero problema no son las ideas de la Cámara, sino el simple hecho de que la Cámara tenga ideas. Resulta curioso.
La Cámara no representa una ideología. Representa a miles de empresas, de tamaños muy distintos, donde trabajan decenas de miles de asturianos. Empresas que pagan impuestos, crean empleo, forman profesionales y sostienen buena parte de la actividad económica de esta comunidad. Pretender que esa realidad debe permanecer en silencio cuando se discute el futuro económico de Asturias es una concepción bastante peculiar de la participación ciudadana.
Nunca he ocultado cuál es mi manera de entender las cosas. Creo en la libertad económica porque creo en la capacidad de las personas para emprender, innovar y crear riqueza. Y creo, con la misma convicción, que Asturias debe proteger una sanidad pública de calidad, una educación fuerte y unos servicios sociales capaces de atender a quienes más los necesitan. No hay contradicción alguna. Más bien al contrario. Una sociedad que no genera riqueza termina discutiendo cómo repartir la escasez.
Quizá por eso sorprende que se caricaturicen posiciones que, en realidad, forman parte de una tradición reformista bastante conocida en Europa.
Hay otro aspecto que merece alguna reflexión.
Cuando es un consejero del Gobierno quien denuncia las deficiencias de la sanidad, de la vivienda o de los servicios públicos, el lector no puede evitar hacerse una pregunta razonable. ¿Estamos ante una crítica a la Cámara de Comercio o ante una enmienda, quizá involuntaria, a la acción del propio Gobierno del que forma parte?
Porque si los diagnósticos son ciertos –y muchos ciudadanos saben que existen problemas reales–, convendría dedicar menos tiempo a buscar responsables fuera y algo más a explicar cómo piensa resolverlos quien lleva años sentado en el Consejo de Gobierno.
Las democracias maduras se distinguen por una costumbre saludable: escuchar incluso a quien discrepa. Las sociedades inseguras, en cambio, sienten la tentación de clasificar primero a quien habla para decidir después si merece la pena escucharle.
Asturias siempre ha sido mejor que eso.
Nuestra tierra ha progresado cuando ha reunido alrededor de una misma mesa a empresarios, sindicatos, universidades, administraciones y sociedad civil. Nunca cuando ha levantado trincheras entre unos y otros. Confundir el diálogo con una amenaza o la discrepancia con una agresión conduce a un lugar que ya conocemos demasiado bien: el de los prejuicios que sustituyen a las razones.
Quizá haya llegado el momento de abandonar esos viejos esquemas de donde todo cabía en dos columnas enfrentadas. El mundo ha cambiado. Asturias también. Y sus problemas son demasiado importantes para seguir interpretándolos con categorías que hace tiempo dejaron de ofrecer respuestas.
Al fin y al cabo, las ideas no se vuelven verdaderas por el lugar desde el que se pronuncian, ni falsas por quien las firma. Su fortaleza depende únicamente de una cosa: de su capacidad para resistir el contraste con la realidad.
Y ese contraste solo es posible cuando existe debate.
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