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Entre la cooperación y la competencia

Cómo la epigenética y la cooperación vegetal matizan el fracaso de las teorías de Trofim Lysenko

¿Y si Lysenko no estuviera tan equivocado? Trofim Lysenko había estudiado ingeniería agrícola en Kiev. Tenía una vaga formación en genética y una decidida aspiración: demostrar que Mendel y Darwin estaban equivocados. Él no creía en la fatalidad de la herencia, tampoco en la supervivencia del más apto. Su hipótesis se acercaba a lo que hoy se llama Lamarkismo, en referencia a la propuesta de Lamark sobre la herencia de los caracteres adquiridos. Lo ejemplificaba con el cuello de la jirafa: había crecido por competencia con otras especies más hábiles para forrajear. Lysenko, que buscaba la confirmación de la ideología marxista-leninista sobre la maleabilidad de la naturaleza humana, intentó modificar el comportamiento del trigo. Su principal trabajo fue hacerlo germinar en primavera sometiendo a las semillas a un tratamiento de frío y humedad: la vernalización. La idea era conseguir cosechas más tempranas y abundantes. Como no se heredó esa adaptación, se produjo una hambruna que mató a varios millones de personas, nadie sabe cuántos.

Pero Lysenko no estaba totalmente descaminado porque hoy se habla de la herencia epigenética de caracteres adquiridos. La hipótesis más sólida es que las células somáticas pueden adaptarse al medio, las germinales se modifican por mutaciones ciegas. Cómo se trasmiten estas adaptaciones somáticas, no lo acabo de entender. Así que esta pequeña confirmación del lysenkismo con la epigenética nos obliga a no ser fundamentalistas. También tenemos que revisar nuestra postura respecto a sus teorías sobre el comportamiento cooperativo de las plantas. La idea prevalente es que compiten por la luz y los nutrientes. Así se explica la inversión, poco "inteligente" de los árboles en madera, un gasto que solo tiene el objeto de sobrepasar a los otros en altura, extender sus ramas en lo alto, recubrirlas de hojas y dejar en la sombra a los más bajos.

Pues Lysenko, en armonía con las teorías comunistas, creía que las plantas de la misma especie sembradas muy juntas se ayudarían: las más débiles o se sacrificarían o se fortalecerían con el apoyo de las más fuertes. Fue el "Plan de Transformación de la Naturaleza", otro fracaso monumental. Confirmaba la competencia no solo entre especies si no dentro de la especie. Sin embargo, las cosas no son tan radicales. Descartes consideraba a los animales como máquinas programadas desde su nacimiento, ayunas de albedrío, ¿qué decir de las plantas faltas de sistema nervioso? Pues no es tan pasivo el reino vegetal. Ahora sabemos que hay un tráfico de señales que facilitan la adaptación y la supervivencia. El ejemplo más sorprendente es la Boquila trifoliolata (también conocida como parra camaleón) capaz de imitar en forma, tamaño, color, orientación e incluso la nervadura de sus hojas hasta 8 especies de su entorno. Cómo lo hace, no se sabe. Sí se conoce cómo evolucionaron especies como la avena o el centeno para sobrevivir en cultivos de trigo cuando eran consideradas malas hierbas. Ocurrió porque el campesino respetaba aquéllas que por el azar de la evolución se parecían más al trigo. Una selección ejercida por el ser humano como sobre tantas otras variedades animales y vegetales. Se denomina al fenómeno mimetismo vaviloviano en honor a Nikolai Vavilov, genetista científico que se opuso a las teorías peregrinas de Lysenko. Su premio fue la deportación y la muerte.

No fue Darwin si no Herbert Spencer quién acuño el sintagma "supervivencia del más apto". Argumentaba, basándose en teoría de la evolución, que la competencia seleccionaba a los más capaces de sobrevivir y trasmitir su herencia con lo que la naturaleza cada vez sería más vigorosa. Trasladado al ser humano, proponía un capitalismo despiadado que seleccionaría a los más fuertes. La pobreza sería una señal de inferioridad. No cabía ni la justicia, ni la equidad ni la compasión: interferir con la competencia natural sería poner palos en las ruedas del progreso social.

Sin embargo, hoy sabemos que no todo es competencia en el reino vegetal, que la cooperación está presente. Lysenko la intuía de una manera equivocada. La planta acuática Cakile edéntula dispersa parte de sus semillas con la ayuda del viento, otras se agrupan bajo su pecho. Las viajeras que crecen en competencia con otras plantas no emparentadas desarrollan raíces agresivas y ocupan tanto suelo como pueden. Las apocadas que quedaron bajo el abrigo de la madre limitan sus raíces para no competir con sus hermanas. Los mismo los girasoles que cultivados entre parientes cercanos llegan a producir casi el 50 % más que cuando se mezclan con los de diferentes familias.

Nacho Mendizábal cuenta emocionadamente cómo sobrevivió un humano hace medio millón de años que había nacido con un defecto congénito mortal, imposible sin la ayuda desinteresada de sus congéneres. Somos una especie cuya fortaleza no reside en las armas con las que nacemos, cuernos, dientes, o garras… si no en la del grupo. Hoy sabemos que no es una característica exclusiva del Homo sapiens. Es una de las estrategias de la naturaleza para seguir en su camino hacia lo inimaginable.

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