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Salas, ojo al dato

La cantidad de agua para refrigeración que necesitan los grandes centros de almacenamiento como el previsto en el concejo salense

Los casi 4.800 habitantes de Salas están de «enhorabuena». Un opulento fondo de inversión estadounidense planea implantar un colosal centro de datos de inteligencia artificial en los 100.000 metros cuadrados del polígono de Nonaya. Se anuncia la panacea tecnológica como un revulsivo para el empleo que complementará a las vacas y a la mozzarella. Sin embargo, detrás del secretismo y el clima de «máxima discreción», se oculta una paradoja insostenible.

Habitamos una época maravillosa donde la IA promete resolver la existencia desde un teclado mientras, paradójicamente, nos deja sin agua en el grifo. Nos venden la «nube» como un concepto etéreo y purificador, pero la realidad es que se trata de una esponja insaciable instalada en la tierra. Mientras nos inundan con memorias de sostenibilidad repletas de «humo verde», los titanes del silicio padecen una conveniente «amnesia hidráulica»: presumen de circuitos de refrigeración eficientes en sus instalaciones, pero "olvidan" el torrente desorbitado de litros de agua que devoran las centrales eléctricas para alimentarlos.

Tanta soberbia algorítmica para terminar descubriendo que la única inteligencia verdaderamente líquida es la que nos va a faltar en los ríos. Salas, un concejo con un perfil agrícola envidiable, corre el riesgo de cambiar el agua que da vida a sus campos y queserías por créditos de agua virtual y promesas evaporadas. En el juego de manos de la modernidad, la sed de la IA no se apaga con algoritmos, y los millones de dólares invertidos en la nube terminarán secando la tierra que pisamos.

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