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Atrapados en el buenismo

Sobre la nefasta gestión de la crisis fronteriza con Marruecos en Ceuta

¿Dónde está marcada la delgada línea roja que separa la solidaridad de la actitud ingenua? La crisis de los menores en Ceuta vuelve a exhibir las vergüenzas de un país enzarzado entre el buenismo y la impotencia geopolítica. Pretender que las comunidades autónomas engullan indefinidamente las consecuencias de un colapso fronterizo no es ejercicio de solidaridad, es el endoso cobarde de una factura a las administraciones locales por la incapacidad manifiesta del Gobierno central.

Marruecos no actúa al azar. Rabat conoce al milímetro las costuras de Madrid y no duda en convertir a menores de edad en proyectiles de presión diplomática. Utilizar seres humanos para extorsionar al Estado vecino es una táctica vil, pero responder a esa amenaza con boyas flotantes y sermonario moral va camino de convertirse en una negligencia histórica.

Recordar el pasado migratorio de España o apelar a la respuesta ejemplar ante la guerra de Ucrania es proponer un debate tramposo. En Ucrania se acogió a personas tras una agresión externa condenada al unísono. En Ceuta hay una crisis fronteriza orquestada por un régimen autoritario que huele la debilidad y saca tajada de ella.

Tratar la protección de fronteras como un drama y la acogida sin límites como un dogma no es progresismo sino suicidio institucional. Ceder al chantaje permanente bajo la bandera de la empatía solo garantiza que la siguiente oleada sea mayor. Un país incapaz de imponer firmeza a quien le extorsiona en la frontera termina convirtiendo la compasión en una coartada para el entreguismo.

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