Opinión
La casa azul de Colombres
La grandiosa labor del Archivo de Indianos para recuperar la memoria colectiva de Asturias
Recuerdo haber entrevistado hace años en su casa de Miami a Manolo Díaz, entonces presidente de CBS Sony Music. Entre las paredes blancas de aquella vivienda me hizo una confesión que nunca he olvidado: "En Estados Unidos la memoria siempre es de futuro". Allí –me dijo– no se vive pendiente de lo que fue, sino de lo que está por venir. Me impresionó aquella idea, cargada de la exigencia de una sociedad que parece medir el tiempo por su capacidad para anticipar el mañana.
Estos días, LA NUEVA ESPAÑA ha distinguido con acierto al Archivo de Indianos como "Asturiano del mes". Un reconocimiento a una institución que, bajo la presidencia del empresario Francisco Rodríguez, lleva cuatro décadas rescatando una de las páginas más decisivas de nuestra historia. Durante el acto, la directora general del periódico, Ángeles Rivero, recordó el trabajo silencioso de quienes han protegido, como si fuera oro, la memoria de la emigración asturiana a América. Una epopeya de esfuerzo y prosperidad para muchos, pero también un inmenso desgarro colectivo.
La casona azul de Colombres es mucho más que un museo. Es un lugar donde la memoria respira. En sus estanterías descansan vídeos, cartas, fotografías, pasaportes, contratos, diarios y documentos que cuentan la historia de miles de familias. Vidas enteras comprimidas en un legajo. Sueños escritos con tinta, despedidas dobladas dentro de un sobre y esperanzas embarcadas hacia un horizonte desconocido.
Pocos rincones de Asturias quedaron al margen de aquel éxodo. Hombres y mujeres abandonaron aldeas y villas empujados por la falta de oportunidades. Argentina, Cuba, México, Uruguay o Venezuela se convirtieron en destinos de una diáspora que transformó para siempre la identidad de esta tierra. Solo hacia Cuba, el Archivo conserva el registro de 165.000 salidas. Una incesante cadena migratoria en la que un padre llamaba después a un hijo; un hermano abría camino a otro; un vecino seguía los pasos del anterior. Así se tejió una red de esperanza que cruzó el Atlántico.
El valor del Archivo de Indianos trasciende el interés histórico. Es una fuente imprescindible para investigadores, sociólogos, economistas y genealogistas, pero, sobre todo, constituye un patrimonio moral. Custodia la memoria de quienes tuvieron que marcharse porque quedarse significaba renunciar al futuro. Conserva el instante irrepetible de la despedida: el abrazo en el puerto, la promesa de volver, el silencio que dejaba el barco al desaparecer en la lejanía. Un momento que cambió para siempre la vida de miles de familias.
Quizá hoy nos cueste comprender aquella experiencia. El mundo ha cambiado y nosotros hemos cambiado con él. Asturias ya no es una tierra de emigrantes, sino una tierra que recibe a quienes buscan aquí la oportunidad que un día buscaron nuestros abuelos al otro lado del océano.
Las caóticas imágenes que hace pocos días llegaron desde Ceuta vuelven a recordarnos la dimensión humana de la emigración. Detrás de cada patera, de cada frontera y de cada tragedia hay personas que persiguen exactamente lo mismo que persiguieron aquellos asturianos que embarcaron rumbo a América: una vida digna. No sé si entonces existían intereses geopolíticos o mafias sin escrúpulos, pero sí viajes inciertos y familias rotas por la distancia. Cambian las rutas, cambian los continentes, pero la condición humana permanece.
Por eso resulta tan valioso preservar la memoria. No para vivir instalados en la nostalgia, sino para comprender el presente. Recordar de dónde venimos nos ayuda a mirar con más justicia a quienes hoy llaman a nuestra puerta.
El productor ovetense Manolo Díaz tenía razón cuando decía que hay sociedades que viven en exclusiva orientadas al futuro. Pero un futuro sin memoria corre el riesgo de olvidar quiénes somos. La verdadera madurez de una comunidad consiste precisamente en conciliar ambas miradas: la que honra el pasado y la que se atreve a construir el mañana. Porque solo quien recuerda de dónde viene puede entender, sin prejuicios, hacia dónde caminan los demás. Ojalá el Archivo de Indianos permanezca ahí durante muchos años para recordarlo.
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