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Cosas que ocurren

Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, es un político quemado. Por decirlo coloquialmente y sin ánimo de ofender a nadie, está más quemado que la pipa de un indio. Entra dentro de la lógica de la propia exposición política, que en escenarios como el actual aflora de una manera tan evidente como desazonadora. Hay profesiones que jubilan el cuerpo y otras que carbonizan el prestigio. La política pertenece a las segundas. Existe incluso un vocabulario específico para describir ese proceso: dirigentes "quemados", ministros "abrasados"; las dos definiciones concuerdan con Marlaska. Y hay, a la vez, líderes incendiarios "achicharrados". Nadie dice que un cirujano o un notario estén quemados. A un político, en cambio, basta con dejarlo unos meses al frente de un ministerio para que empiece a oler a chamusquina. Aunque no se puede decir que ese sea exactamente el caso del ministro del Interior, que no se tiene de pie por el tiempo que lleva con su cartera a cuestas.

Gobernar consiste, entre otras cosas, en prometer lo imposible, justificar lo improbable y negar lo evidente. El desgaste que lleva consigo no es una anomalía del sistema, sino el precio de la exposición continua. Como los actores de teatro, los políticos viven de salir a escena. Pero a diferencia de los actores, el público rara vez les concede un aplauso cuando baja el telón. Y casi ninguno acepta el diagnóstico. Cuando las encuestas se desploman, la culpa siempre es del adversario, de los jueces, de los periodistas, o de unos ciudadanos ingratos que, incomprensiblemente, no han sabido apreciar la magnitud de su legado.

El político moderno ha conseguido una hazaña psicológica extraordinaria, y es que puede sobrevivir a cualquier derrota sin admitir jamás que ha perdido. Sobre la palpable desidia en la mayor crisis migratoria de España, Grande-Marlaska ha dicho para zanjar el asunto: "Son cosas que ocurren".

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