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La diplomacia del cencerro

De cómo el balón puso de acuerdo a Sumar y a Vox

Ha fallecido el maquiavelismo de despacho: el verdadero doctorado en cinismo y alianzas contra natura manifiesta un recorrido esférico y deja en cuero al más pintado. ¿De qué sirve la diplomacia cuando el fútbol es capaz de lograr la milagrosa e insólita proeza de que Sumar y Vox vayan de la mano en exigir, en perfecto unísono, que se aparte a Marruecos de la organización del próximo Mundial? Ni el pacto de gobierno más retorcido supera semejante alarde de elasticidad moral.

El deporte rey posee una magia cuántica capaz de hacer coincidir en el mismo diagnóstico a los antípodas del hemiciclo. Con un panorama institucional donde la ministra del ramo se apellida Tolón —de la que no cabe esperar más allá de una actitud becerril a golpe de cencerro—, ¿qué se puede esperar de las moquetas del poder, donde echan más serrín al suelo del que espolvoreaba Severo a la orden de Toni Prieda cada noche al cierre de la mítica sidrería El Cantábrico?

Se reproduce la vieja paradoja futbolística: el enemigo de mi enemigo puede convertirse, durante noventa minutos, en mi mejor amigo. No hace falta firmar tratados, intercambiar embajadores ni organizar cumbres internacionales. Basta con un balón, una tabla clasificatoria y un tercero al que fastidiar.

La geopolítica se parece bastante al juego de Infantino. La diplomacia busca acuerdos duraderos; el fútbol ha perfeccionado una herramienta mucho más eficaz: la capacidad sagrada de abrazar temporalmente al enemigo, siempre que ayude a arruinarle el domingo a un tercero en discordia.

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