Opinión
Que el futuro tenga casa en Salas
Digital Valley Asturias se levantará al mismo tiempo que una generación decide dónde estudiar, trabajar y vivir; la gran inversión anunciada será aún mayor si consigue entrar también en los planes de nuestros jóvenes
Marina Dáder Suárez es ingeniera de datos
Para un joven asturiano, 2030 cabe en cuatro cursos. En ese tiempo se completa un Bachillerato o un ciclo de Formación Profesional y se deja una carrera universitaria a medio camino. Es la edad de enviar los primeros currículos y descubrir si todo lo aprendido tiene sitio cerca de casa.
Digital Valley Asturias se construirá, si se cumplen los plazos, al mismo tiempo que una generación decide qué quiere ser y dónde podrá serlo. Por eso esta noticia es tan importante para Asturias.
El proyecto prevé movilizar 1.226 millones de euros para levantar en Salas un gran campus dedicado al almacenamiento y la gestión de datos, la inteligencia artificial y la computación en la nube. Diez módulos, una capacidad final de 120 megavatios y una estimación de 1.318 empleos anuales entre directos, indirectos e inducidos.
Es una noticia extraordinaria para Salas y para Asturias. Merece celebrarse con claridad, con alegría y con la ambición que casi nunca nos permitimos. Nos frena esa costumbre tan nuestra de buscar una nube en un cielo completamente despejado y preparar de antemano la excusa de un posible fracaso.
También es justo reconocer a quienes han trabajado para materializarla. El Ayuntamiento de Salas y su alcalde, la Cámara de Comercio de Oviedo y la Agencia Sekuens han conseguido que una inversión de esta escala mire hacia un concejo del interior asturiano, con menos habitantes que treinta de los setenta y ocho concejos de Asturias. Detrás de los anuncios importantes hay llamadas, reuniones, documentos y meses de trabajo que quedan fuera de la fotografía. El trabajo silencioso del que solo se ven sus frutos. Esta vez los veremos al final del próximo cuatrienio.
Durante años, muchos jóvenes asturianos han estudiado carreras y ciclos vinculados a los datos, la inteligencia artificial o la computación para terminar ejerciendo lejos. La formación estaba aquí. Las oportunidades se abrían, demasiadas veces, en otra parte. Asturias no puede seguir formando currículos para que los estrenen otros.
Digital Valley puede empezar a cambiar esa corriente. Su importancia va más allá de los puestos que pueda crear dentro del campus. Un proyecto de estas dimensiones conforma también cuanto sucede a su alrededor. Cambia los perfiles que demandan las empresas, los ámbitos de especialización que ganan relevancia, las investigaciones que encuentran aplicación y las profesiones que un adolescente empieza a considerar posibles.
Puede conseguir que un joven de Salas escuche hablar de inteligencia artificial y la imagine también cerca. Que deje de verla únicamente detrás de una ventana en Madrid, Londres o Dublín y empiece a reconocerla en una posibilidad que toma forma junto a su casa.
Para que eso ocurra, el proyecto tendrá que salir de las notas de reuniones y de los despachos para entrar en las aulas. Los institutos, la Formación Profesional y la Universidad de Oviedo deben anticiparse a la necesidad y conocer con tiempo qué perfiles harán falta. Las empresas asturianas necesitan espacio para participar. Los jóvenes necesitan orientación, prácticas reales y caminos visibles antes de que lleguen las ofertas de empleo.
Los datos viajan deprisa. Una generación no espera. Sería doloroso llegar a 2030 con las máquinas preparadas y muchas de las personas capaces de manejarlas ya lejos. Que el campus busque fuera a los profesionales cuando Asturias ha tenido cuatro años para anticipar sus necesidades. Que el eco de una inversión concebida para abrir futuro alcance tarde el oído de quienes debieran ser sus protagonistas.
La tecnología avanza con rapidez. La formación necesita años. Entre ambas crece una generación que toma decisiones mientras nosotros decidimos cómo guiarla.
También habrá que cuidar la ejecución. Entre la presentación y la apertura quedan permisos, obras, energía, contratos y muchas decisiones. Una inversión de esta importancia requiere controles claros, trámites ágiles y una Administración que acompañe, resuelva y dé seguridad. La colaboración que ha permitido atraer el proyecto deberá mantenerse cuando se apaguen los focos y comience el trabajo menos visible. Celebrarlo es quererlo terminado.
Asturias necesita más noticias como esta. Su historia industrial puede dilatarse con nuevas actividades, nuevos conocimientos y nuevas formas de crear riqueza. Una región que fabrica, investiga, cuida, genera energía y también almacena y procesa la materia prima del nuevo siglo.
Porque la nube, aunque parezca suspendida en el aire, necesita suelo. Energía. Edificios. Conocimiento. Personas. También puede llegar a Salas por kilómetros de fibra y quedarse encerrada dentro de sus propios muros.
Que se quede aquí algo más que cable. Que genere empresas. Que genere conocimiento. Que genere trabajo. Que genere posibilidades que hoy todavía no sabemos imaginar. Los servidores no echan raíces. Las personas sí.
En 2030, quienes hoy empiezan Bachillerato tendrán alrededor de veinte años. Para entonces, según la promesa del proyecto, Digital Valley debería haber completado su construcción y disponer de los 120 megavatios de capacidad informática anunciados. Esos jóvenes podrán ser testigos presenciales de cómo una cifra que hoy aparece proyectada en una sala de reuniones se convierte en edificios, máquinas y actividad a pocos kilómetros de sus casas.
Quizá entonces Salas aparezca en los grandes mapas tecnológicos y Asturias pueda decir que una inversión histórica se convirtió en realidad. El valor del proyecto se verá también fuera de los servidores. En las vocaciones que despierte. En las empresas que crezcan a su alrededor. En los jóvenes que descubran profesiones que hoy todavía desconocen.
Y, sobre todo, en que esa generación pueda mirar hacia Salas y sentir que el futuro también ha encontrado casa cerca de la suya.
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