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¿Hasta dónde llega el altruismo?

La civilización consiste en lograr que esa vieja tendencia a cuidar de los nuestros termine incluyendo, cada vez más, a quienes antes considerábamos extraños

La semana pasada comentaba que algunas plantas, cuando crecen junto a sus hermanas, limitan el desarrollo de las raíces y apenas compiten por el agua o los nutrientes. En cambio, cuando las plantas vecinas pertenecen a otra familia, aunque sean de la misma especie, hacen justamente lo contrario: desarrollan raíces más agresivas y ocupan cuanto terreno pueden.

La observación resulta inquietante. Invita a pensar que la cooperación depende, al menos en parte, del parentesco. Si fuera así, el rechazo a los otros, a los diferentes, tendría una raíz mucho más profunda de lo que solemos creer. El resurgir del espíritu de tribu sería como el sedimento que permanece en el fondo de un río y que, cuando las aguas se agitan, vuelve a enturbiarlo todo.

La primera explicación convincente la dio William Hamilton. La selección natural no actuaría sobre los individuos sino sobre los genes. Ayudar a un hermano, a un hijo o a un sobrino no sería un acto desinteresado; sería una forma de favorecer la supervivencia de genes que también son nuestros. Richard Dawkins llevó esta idea hasta sus últimas consecuencias en "El gen egoísta". Somos, en cierto modo, el vehículo que utilizan los genes para perpetuarse.

La teoría explicaba muy bien el comportamiento de los insectos sociales. Darwin ya se había sentido desconcertado por las hormigas y las abejas. ¿Cómo podía la selección natural favorecer a unas obreras estériles que jamás tendrían descendencia? La respuesta está en que ellas no renuncian realmente a transmitir sus genes. Delegan esa función en la reina, con la que comparten una parte muy importante de su patrimonio genético. Hamilton daba así una respuesta a una de las dudas que más preocuparon a Darwin. Pero seguía habiendo algo que no encajaba.

Los seres humanos ayudamos con frecuencia a personas que no pertenecen a nuestra familia. Lo hacemos desde que vivimos en pequeños grupos donde el parentesco era importante, pero no bastaba para mantener la cohesión. Robert Trivers propuso entonces el altruismo recíproco. Yo ayudo hoy porque confío en que mañana alguien me ayudará a mí. No necesariamente la misma persona, sino el grupo al que ambos pertenecemos.

Es una propuesta que explica el comportamiento en el que no se busque la propia eficacia biológica pero solo funciona comunidades pequeñas. Todos se conocen. El que siempre recibe y nunca da termina siendo descubierto y, tarde o temprano, queda aislado. Los grupos donde predomina la cooperación funcionan mejor que aquellos en los que cada uno busca únicamente su beneficio. Nuestras sociedades ya no se parecen a aquellas. La mayor parte de las personas que colaboran con una ONG nunca conocerán a quienes reciben su ayuda. Quien hace una donación anónima sabe que nadie podrá devolvérsela. Pensemos en quien dona un riñón a un desconocido. Ni el receptor podrá agradecérselo ni el donante obtendrá de él ningún beneficio.

Se ha propuesto que la recompensa está en el prestigio. Quien ayuda inspira confianza y es visto como alguien digno de respeto. Sin duda eso ocurre muchas veces. Pero tampoco explica todos los casos. Precisamente las donaciones anónimas demuestran que existe una forma de altruismo que no busca reconocimiento. O al menos, no es esa la única motivación. Quizá no toda la recompensa esté en el prestigio, también hay algo interno, íntimo, personal. Todos hemos experimentado alguna vez la satisfacción que produce ayudar. La neurociencia nos dice, no estoy seguro de con cuanta certeza, que cuando se realiza un acto de cooperación se activan los circuitos cerebrales de recompensa. La dopamina y otros mediadores generan una sensación de bienestar difícil de negar. Bajo esta hipótesis me atrevo a realizar una analogía. El placer sexual es el mecanismo que la naturaleza ha encontrado para favorecer la reproducción. Teniendo en cuenta que la búsqueda de pareja y el acto de apareamiento tiene un coste y un riesgo, sin esa recompensa, probablemente muchas especies no habrían sobrevivido. Podría decirse que esa satisfacción íntima que acompaña al acto de dar fuera el modo que tiene nuestro organismo de favorecer conductas que aumentan la cohesión y la supervivencia del grupo. La cultura que se enraíza en la biología. Porque la evolución rara vez inventa mecanismos completamente nuevos. Suele reutilizar los que ya existen. Las plumas aparecieron antes de servir para volar. Algunos huesos de la mandíbula de los reptiles terminaron formando parte del oído de los mamíferos. Quizá el altruismo haya seguido un camino parecido. Los mecanismos que inicialmente favorecían a la familia pudieron acabar aplicándose a personas que no comparten nuestros genes.

Si es así, la cultura no habría inventado el altruismo. Habría hecho algo mucho más interesante: ampliar el círculo de quienes consideramos "los nuestros". Tal vez ahí resida una parte importante de lo que entendemos por civilización. No en negar nuestra herencia biológica, sino en conseguir que esa vieja tendencia a cuidar de los nuestros termine incluyendo, cada vez más, a quienes antes considerábamos extraños.

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