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El mar que nos separa

No solemos pensar en la desigualdad cuando tenemos el privilegio de un techo y de comida sobre la mesa. Tenemos el privilegio de ver cómo la tarde se resiste a morir, de contemplar caer el sol con esa calma, con esa paz que solo da la playa en verano, y no nos damos cuenta del sufrimiento humano que ocurre a pocos kilómetros de distancia.

Ceuta vuelve a estar en las noticias. Un vallado que se rompe, una playa llena de cuerpos exhaustos, la misma playa donde otros brindan al atardecer. Los medios cuentan cifras, pero casi nadie cuenta lo que de verdad importa: que detrás de cada cifra hay un ser humano con hambre, con miedo, con un cansancio que no cabe en ninguna estadística.

Marruecos utiliza a estas personas como moneda de cambio, abriendo o cerrando la frontera según le convenga negociar con España. Se convierten en piezas de un tablero que no han elegido jugar; nadie les pregunta si quieren ser instrumento de presión diplomática. Simplemente lo son, porque su desesperación resulta útil a otros intereses.

Y aun así, lo que parece preocuparnos no es su hambre, ni su miedo, ni su cansancio. Lo que llena los titulares es que puedan venir a robar, como si esa fuera la primera pregunta razonable ante alguien que ha arriesgado la vida por cruzar una frontera.

Es posible que roben. No lo defiendo ni digo que esté bien. Pero cuando alguien lleva días sin comer, robar deja de ser una elección moral y se convierte en consecuencia lógica de la supervivencia. No es virtud ni vicio: es lo que hace un cuerpo cuando el hambre manda más que la ética. Juzgarlo desde el sofá, con la nevera llena, es crueldad disfrazada de indignación.

Nosotros, los que miramos desde el otro lado de la valla, ocupamos un lugar privilegiado que no elegimos del todo, pero sí decidimos cómo habitar. Podemos señalar con el dedo, o mirar de frente el rostro de esas personas y reconocer en ellas lo mismo que somos: seres que también querrían sentarse a ver un atardecer sin miedo. La diferencia no es de naturaleza, es de geografía y de suerte.

Hablar de fronteras es legítimo; los Estados tienen derecho a gestionarlas. Pero esa gestión no puede construirse sobre la negación de la humanidad del otro, ni servir de excusa para no preguntarnos por qué alguien arriesga todo por cruzar un vallado. La respuesta está en el hambre y la desesperación que empujan a salir de casa sin garantía de llegar a ningún sitio.

Mientras sigamos hablando solo de cifras y de robos, seguiremos esquivando la pregunta incómoda, ¿qué humanidad estamos dispuestos a reconocer en quienes no tienen nuestra suerte?

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