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El pulso herido de la concordia

Los frecuentes e irresponsables ataques a la estabilidad constitucional

EL PULSO HERIDO DE LA CONCORDIA

¿Mantiene su validez la Constitución de 1978? En el plano estrictamente formal, sí. Sin embargo, las cartas magnas rara vez sucumben a un colapso estruendoso y repentino; mueren, más bien, por la lenta atrofia que provocan el abuso, la omisión y el cálculo partidista. Hoy, el texto que cimentó nuestra convivencia atraviesa una inquietante fatiga institucional.

Esta erosión no guarda relación con el paso de las décadas, sino con la quiebra de la lealtad democrática de los poderes públicos. El orden constitucional se desdibuja cuando la política abandona el prudente pudor de saberse sometida al imperio de la ley y se desliza hacia un uso semántico de las instituciones: un velo decorativo para revestir un poder que rechaza ser refrenado. Frente al empuje de mayorías coyunturales con vocación de control, los jueces que sirven de forma exclusiva al Derecho como garantes invisibles de la democracia sufren, como estamos presenciando, un acoso constante cuyo único fin es minar la confianza ciudadana en la imparcialidad de la justicia.

La libertad y la democracia no son conquistas irreversibles. El verdadero riesgo estriba en que el deterioro institucional suele disfrazarse de urgencia inapelable o de vanguardia social. Si permitimos que la arbitrariedad partidista vulnere el marco normativo, terminaremos vaciando de espíritu el gran pacto de 1978, aún vigente. Preservar la integridad de nuestra ley fundamental debería convertirse en la obligación moral de una ciudadanía que exige seguir siendo libre.

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