Opinión
El empresario que supo tomar la medida exacta a la vida
Ha fallecido en su amada tierra de Los Oscos, a los casi 104 años de edad, Enrique López. Se nos ha ido un hombre bueno, un visionario cercano, un asturiano de tronco firme y alma generosa que encarnó como nadie el espíritu del esfuerzo honesto, la elegancia sin ostentación y el compromiso incondicional con su comunidad. Nadie como Enrique defendió hasta la extenuación el peso de las raíces, el valor resistente de la atadura umbilical.
Nacido en 1922 en la aldea de Bustapena (Villanueva de Oscos), Enrique conoció desde muy niño el valor del sacrificio. Aquellos tres kilómetros diarios caminando por el monte para asistir a la escuela forjaron el carácter de un andarín incansable que, a lo largo de un siglo largo de vida, jamás olvidó de dónde venía. Aquel terruño adscrito al occidente asturiano fue siempre su norte y su refugio, la llamada permanente de la tierra a la que volvía cada verano y a la que dedicó sus mejores desvelos para impulsar su desarrollo.
En el ámbito empresarial, su figura queda escrita con letras de oro en la historia industrial de Asturias. Fundador y alma de Confecciones Gijón, revolucionó el sector textil con la creación de las míticas Camisas Ike, bautizadas en honor al presidente estadounidense Dwight "Ike" Eisenhower. Enrique no solo levantó una firma que llegó a fabricar más de un millón de prendas al año y a exportar al mercado internacional; lo hizo con una visión humana y adelantada a su tiempo. Bajo el célebre lema inspiratorio que adornaba la fábrica –"Porque no todos los españoles son iguales, tres largos de manga por talla"–, supo entender la diversidad y la dignidad de cada persona. En su factoría de El Coto de San Nicolás dio empleo a cerca de 700 personas, en su inmensa mayoría mujeres, creando una suerte de familia que solo se quebró en los últimos tiempos de la fábrica, cuando las circunstancias abocaron al cierre.
Su inquietud inagotable no se detuvo cuando el sector textil decayó. Fiel a su espíritu emprendedor, impulsó Industrias Lácteas Monteverde en Grandas de Salime, convirtiéndola en una pujante y reconocida marca quesera que hoy mantiene vivo su legado familiar y su apego al mundo rural asturiano.
Enrique López fue también un servidor público ejemplar. Senador por la Unión de Centro Democrático (UCD) en las elecciones de 1979, perteneció a esa generación de políticos centristas que entendieron la gestión pública como un espacio de encuentro, moderación y equidistancia, valores que hoy se echan de menos en un tiempo convulso y polarizado. Su amor por Asturias y por Gijón, su lugar de adopción, se reflejó en cada una de sus facetas: desde la presidencia de la Junta del Puerto hasta su apasionada vinculación al Real Sporting de Gijón, la Santina y la pesca del salmón en los ríos de su tierra.
Detrás del gran empresario y de la figura pública, latía el corazón de un hombre entrañable, fino conversador y profundamente hogareño. Golpeado por la irreparable pérdida de su hija mayor en 2002, una cicatriz que llevó siempre en el alma, encontró en su esposa, en sus hijos y en la serenidad de sus montañas natales la fuerza para seguir generando ideas y sonrisas hasta el último de sus días.
Se apaga la vida de un pionero centenario, pero nos queda la huella imborrable de su caballerosidad, su generosidad y su amor a la tierra. Buen viaje, Don Enrique, querido amigo. En el recuerdo de Asturias quedan para siempre su bonhomía, sus pasos firmes y su lección eterna de saber vestir la vida con la medida perfecta del afecto.
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