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La superioridad moral de la izquierda y el dilema de las clases medias

Trabajo y esfuerzo frente a derechos que no exigen responsabilidad

Desde hace ya algunos años, quizás a partir del 15M en adelante, se ha instalado en la izquierda, y en muchos de sus militantes, la creencia de que la izquierda tiene una virtud especial frente a las políticas de centroderecha.

Eso le ha llevado a cambiar su discurso tradicional desde el feliz advenimiento de la democrática transición.

Tan es así que políticos como Felipe González o Alfonso Guerra, o el mismísimo Tini Areces aquí en Asturias, son vistos como transigentes, cuando no complacientes, gestores del "régimen postfranquista". Poco importa que ellos hayan bregado con la etapa política más comprometida de la España contemporánea, de acuerdos obligados condicionados por una situación social y un terrorismo implacables. Ahora, entre el desprecio de aquel periodo fundacional, se vuelve a idealizar un pasado que a todas luces no fue mejor, salvo para los muy habituales irredentos.

Pero… ¿de dónde proviene esa superioridad moral que se autoatribuye la izquierda actualmente existente?

A mi juicio de un equívoco planteamiento del concepto de igualdad, que no de libertad. Y es equívoco porque no existe esa tan laminada igualdad que hoy se quiere extender desde el "pensamiento woke" y más allá, que llega incluso hasta el "especismo" más extremo: algunos Bancos con B mayúscula, contagiados, ya ofrecen incluir la foto de su mascota en su tarjeta de crédito, en lugar de la persona titular.

Compleja igualdad que se vio reflejada en la confusa carta de Derechos Humanos aprobada en 1948 por consenso, que no unanimidad (se abstuvieron la Unión Soviética, las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Ucrania y Bielorrusia, Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Arabia Saudita y la Unión Surafricana), por la Asamblea General de la ONU con la única condición de que no se entrara a fundamentar sus preceptos, dada la variedad y disparidad de modelos culturales y sociales presentes en la Organización. "Estamos de acuerdo sobre estos derechos, siempre que nadie nos pregunte el por qué", decía Jacques Maritain participante en las deliberaciones previas de la Declaración.

Sin cuestionar el concepto de igualdad, proveniente ya de la isonomía griega y recuperado en la revolución francesa, lo que hay que matizar es de qué igualdad estamos hablando, al modo, "mutatis mutandis", a cómo Lenin preguntaba sobre la libertad: ¿libertad para qué?

Y es que la igualdad es de todo menos esa simple abstracción repetida una y otra vez que, por su extensión e indiscriminación, carece de efectividad. Hacer a todos iguales es una irrealidad cuando se aplica a seres desiguales biológica o culturalmente, lo mismo da humanos o animales, salvajes o civilizados. La isonomía griega lo que planteaba, que no es poco, era la igualdad ante la ley. Ya no es solo porque biológicamente o culturalmente no sean iguales, que no lo son, sino porque ello implica una anulación de la biología y de la antropología inadmisibles, precisamente ahora que está tan de moda el "identitarismo de todo tipo", que nos retrotrae años atrás en nuestra ciencia e historia, y también en nuestra democracia.

Lo más grave de todo es la ignorancia que subyace a estos presupuestos de la izquierda e incluso las contradicciones inherentes a ellos, como cuando, por ejemplo, critican los valores occidentales que nos han traído hasta aquí, como la libertad, igualdad y fraternidad ilustradas, pero aplauden los valores "tribales", según ellos multiculturales, de pueblos que mantienen subyugadas a sus mujeres, hacen de su religión ley y prometen acabar con el modo de vida occidental. O, desde otro punto de vista, piden recibir más dinero del Estado por su mayor contribución fiscal…

Y en ese mar de confusiones llegamos al concepto de "clases medias", tan denostadas y perseguidas hoy por este gobierno de "progreso". Porque las clases medias "rompen" la abstracción de la idea de igualdad al valorar los méritos y el esfuerzo. Para las clases medias el talento es fruto del esfuerzo personal. Y ese talento no se adquiere por derecho, si no por trabajo y esfuerzo. Trabajo para sacar unas oposiciones y no ser un eterno interino protegido por los sindicatos, trabajo para sacar adelante tal o cual empresa, trabajo y esfuerzo para innovar y conseguir ser más competitivos que el otro y no solo ser mero receptor de unos "derechos" que no necesitan trabajo ni esfuerzo, si no que se suponen adquiridos por el mero hecho de ser no ya solo habitante de un país determinado, si no, como se dice tan pomposamente ahora, "ciudadano del mundo".

Pero…, ¿quién se supone que otorga esos derechos si no te los ganas tú con el esfuerzo y trabajo que supone cumplir con tus deberes dentro de un marco normativo determinado? "Vicios privados, beneficios públicos", decía Mandeville en "La fábula de las abejas".

Esas clases de funcionarios cualificados, autónomos o profesionales liberales del tipo profesores, médicos, ingenieros, jueces, comerciantes, arquitectos, empresarios y demás … que son los que crean la riqueza de la que, al fin y al cabo, se nutre el Estado, para lograr "un estado del bienestar", valga la redundancia, que no sería posible sin ellos. Y a los que "las izquierdas" machacan literalmente a impuestos tanto directos como indirectos, empobreciéndolos, y lo que es peor, desincentivándolos.

Luego se quejan de que se les vaya el talento cuando la consigna no debería ser "·que nadie se quede atrás", sino permitir que los avances de los unos tiren de los de los otros. Y esto va tanto para las izquierdas como para las derechas, a veces imbuidas del deseo de un enriquecimiento ciego.

Cuenta Cervantes que Don Quijote, cuando Sancho va a gobernar la ínsula Barataria, le dice:

"Siendo esto así, entre el rico y el pobre, entre el poderoso y el humilde, procura descubrir la verdad sin dejarte mover ni por las lágrimas del pobre ni por las dádivas del rico".

"El Quijote", segunda parte, capítulo XLII.

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