Opinión | Luna de agosto
En defensa de los libros de piscina
Denostados por los eruditos y los letraheridos, la llamada ‘literatura de piscina’ constituye, sobre todo en la adolescencia, la avanzadilla más sólida para afianzar el amor por la lectura

Una mujer lee un libro en la piscina. / Shutterstock
Durante años, entre el 1 de julio y el 31 de agosto, tomábamos posesión de un pequeño apartamento de alquiler en la playa (siempre el mismo) en uno de esos destinos mediterráneos de aluvión que conocíamos por las películas de José Luis López Vázquez, una decisión disruptiva —tras toda una vida de veraneo en la sierra— tomada unilateralmente por la cabeza de familia con la aquiescencia del páter, que se quedaba de rodríguez en la capital y al que llamábamos a diario desde una cabina telefónica en la que hacíamos cola y entablábamos conversación con otras familias en la misma situación.
Éramos veraneantes, hoy una especie extinguida por causa del coste de la vida, los precios disparatados del alquiler y la tendencia a las estancias cortas del ‘todo incluido’. En la piscina de un hotel, con aire escéptico (El nadador, Radio Futura, 1984).
El dueño del apartamento, un militar retirado, tenía el detalle de incluir junto a las dotaciones del mobiliario una estantería llena de libros (desechos de su propia biblioteca, seguramente) que nunca renovó durante los cerca de diez años que disfrutamos de aquel piso de veraneo, al cabo de los cuales nos los habíamos leído casi todos. La oferta literaria se nutría de las novelas bélicas (más bien antibelicistas) de Sven Hassel editadas por G.P y distribuidas por Plaza & Janés (la ascendencia castrense del arrendador, quizá), un par de novelitas de Vicki Baum (Hotel Berlín, esa la recuerdo), alguna de Harold Robbins y una veintena de números atrasados de Selecciones del Reader’s Digest aparecidos entre 1975 y 1981, en los se podían encontrar artículos de fondo del tipo Alcoholismo juvenil, amenaza creciente, Iríbar, guardameta español o este otro de título inquietante: ¿Por qué los hombres no piden ayuda?
Yo no era consciente, pero aquella biblioteca representaba lo que años más tarde se conocería como literatura de piscina o libros de piscina, un concepto que denota un indisimulado desdén por determinado tipo de lectura, poolside reading en el mundo anglosajón, erigido al calor del auge del libro de bolsillo como concepto cultural moderno impulsado por la industria editorial y el periodismo cultural. Denostado por eruditos, letraheridos y ratones de biblioteca, el ‘género’ apunta por lo común hacia "libros ligeros, amenos y absorbentes —generalmente thrillers, novelas románticas o de misterio— ideados para consumir durante las vacaciones de verano sin exigir un gran esfuerzo intelectual".
Hay que romper lanzas por la literatura piscinera. O playera. O serrana. Veraniega, al fin y al cabo. No conozco ningún libro que no requiera cierto "esfuerzo intelectual". Los libros de piscina representan, sobre todo en la adolescencia, la avanzadilla más sólida para afianzar el amor por la lectura y el despertar a ciertos conocimientos que avivan la capacidad de análisis. Los libros de verano, sobre todo en la infancia (qué buenos ratos nos hacían pasar Los Cinco de Enid Blyton), merecen un puesto de honor en eso que el portugués Hugo Gonçalves (Revolución, 2025) ha bautizado como el Panteón de las Primeras Veces, tan recurrentes esas primeras veces en la época estival. A pesar de lo que invite a pensar el título, es muy probable que leer a los 16 años Comando Reichsführer Himmler, de Sven Hassel, destierre de por vida la tentación de gritar sandeces por la calle con el brazo en alto cuando se llega a la edad adulta. Cuando tuve plumas en las alas empecé a volar y pensé que no renunciaría a mi libertad (La libertad, Juan Perro, 2022).
Varias estadísticas coinciden en que el 31% de los lectores afirma leer más durante las vacaciones de verano. Yo siempre recomiendo los mismos: Son de mar, de Manuel Vicent; La playa, de Pavese; la saga de Ruiz Zafón; las primeras novelas de Pierre Lemaitre; y siempre, siempre, Javier Marías. Toda la vida corrigiendo a quienes decían ‘arremangarse’ (me sonaba como arradio o amoto) y resulta que está bien dicho, bien escrito. Remangarse, les decía yo, hasta que lo cacé en Tu rostro mañana (donde aparece escrito de ambas maneras —las dos son correctas—, una trampa del autor, posiblemente). Las lecturas de verano también están para eso, para tomarse un respiro y acudir al diccionario y salir del error sin las prisas del vertiginoso invierno. No hay prisa por que llegue.
- Mañana se esperan colas kilométricas en Lidl para conseguir el pack de dos cortinas de lujo estilo hotel para el salón: translúcido y con una caída suave
- Marlaska garantiza en Asturias que ya están tramitando devoluciones en Ceuta y da cifras: 300 expulsados por delitos y más de 5.300 retornos voluntarios
- Marlaska inaugura el cuartel de Mieres: 'La obra ha tenido complicaciones, pero hoy contamos con un edificio moderno, eficiente y funcional para la Guardia Civil
- Luz verde la DGT al papel por el que los nacidos nacidos entre 1956 y 1961 no van a poder renovar el carnet de conducir el próximo año
- El adiós a la baliza v-16 llega al Congreso: 'reflexión' la DGT tras la enmienda
- El fallecimiento de José 'García' conmociona a la localidad de Barcia tras su accidente en moto en la N-634
- Multado con 200 euros un conductor que puso la baliza v-16 pero no la espuma obligatoria: la Guardia civil extrema la vigilancia
- El Arzobispado pone a la venta seis fincas y una rectoral en la zona rural gijonesa
