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El pesimismo antropológico

Las maneras de afrontar los avatares de la vida

Las naciones, como cada uno de nosotros analizado individualmente, pueden ser optimistas o pesimistas. Finlandia es un país considerado entre los más optimistas del mundo, mientras que España presenta una clara dicotomía, con elevadas cotas de satisfacción personal y un intenso pesimismo colectivo, sobre la situación presente y futura del país. Los indicadores macroeconómicos, una cierta capacidad de liderazgo en algunos sectores y una demostrada confianza para resolver acontecimientos imprevistos, nos proporcionan un moderado nivel de optimismo colectivo. Hechos puntuales, como la reciente conquista del Campeonato Mundial de fútbol, aportan un plus nada desdeñable de entusiasmo generalizado. No obstante, desde un punto de vista histórico, somos un pueblo pesimista.

Este derrotismo antropológico arranca de antiguo, pero en la época moderna podemos originarlo en nuestros intelectuales de la denominada "Generación del 98", sin duda influidos por los malos gobiernos de este periodo y por la pérdida definitiva de las Colonias. A partir de las influencias del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), este pesimismo filosófico entró en España de la mano de Ángel Ganivet (1865-1898) e impregnó toda su generación, con la figura emblemática de Pío Baroja (1872-1956) y su nihilismo extremo, sin el consuelo de la religión ni de una práctica política y social, que nos era extremadamente negativa. Salvo momentos de excepción, esta "propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable", tal como define el diccionario de la RAE el pesimismo, forma parte de nuestro ADN como pueblo. Desde un punto de vista doctrinal, este derrotismo se define como "la insistencia en aquellos aspectos negativos de la realidad y en el predominio del mal sobre el bien". Me gustaría añadir, que uno de las particularidades de esta genética catastrofista, reside parcialmente en nuestro déficit de unión como pueblo. La marca "España" ha cuajado en las leyes y en los libros, pero no en la integridad, vista tanto desde el punto de vista territorial como de aproximación social. La situación actual de enfrentamiento político es una demostración clara de este hecho. Un aspecto anecdótico pero sintomático es que somos una de las cuatro únicas naciones (Bosnia-Herzegovina, Kosovo, San Marino y España) que no dispone de un himno con letra propia.

Otro de los pensadores que nos aproxima a esta idea pesimista es Miguel de Unamuno (1864-1936) y su libro "Del sentimiento trágico de la vida", obra publicada en 1913 y que ya en sus primeras páginas dice: "No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen filosófico o patológico, quizá tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas". A la tragedia de su propia realidad vital me remito, aunque reivindique su "Credo poético", para adherirme a las filas de un optimismo victorioso.

Pesimismo u optimismo antropológicos. ¿Qué podemos hacer para salir de uno y participar del otro? Quizás la Epigenética (María Berdasco, "Reescribirnos", Espasa, Ed Planeta, Barcelona, 2026) nos aporte las soluciones necesarias para modificar este fenómeno, de la misma forma que nuestras actuaciones pueden alterar las instrucciones intracelulares inscritas en el ADN. Si lo que comemos, como nos movemos o como dormimos, cambian nuestros genes, ¿por qué lo que pensamos o hacemos no podrían rectificar antropológicamente nuestro comportamiento? Acaso la acetilación y fosforilación de histonas o los micro ARN, no podrían ser capaces de corregir nuestro ADN cultural y trasladarnos a un verdadero optimismo como pueblo. Deberíamos desplazar estas reacciones químicas a nuestras sinapsis y aplicarlas a la forma de pensar y actuar. Es posible que pasar del pesimismo al optimismo colectivo sea únicamente cuestión de una reacción química. Hace falta encontrarla.

Los compositores rusos son, al igual que su pueblo, de naturaleza pesimista, Sirva el ejemplo de la enorme tristeza que se expresa en el lentísimo final de la sinfonía núm 6 en Si menor, Op. 74 "Patética", de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893). En el extremo contrario, la famosa "Danza de los sables" del ballet "Gayanéh", de Arám Ilích Khachaturian (1903-1978), brilla con el ritmo trepidante del folclore armenio y caucásico, e infunde una alegría desbordante. Esta melodía fue popularizada en nuestro ámbito, por el famoso conjunto "La Trinca", en su grabación a partir del "Golpe de Estado" del 23 de febrero de 1981. Para la "Patética", les sugiero la versión de Leonard Bernstein (1918-1990) con la Orquesta Filarmónica de Nueva York, grabada en 1986 en el Avery Fisher Hall para Deutsche Grammophon. Para la "Danza de los sables", quizás la propia interpretación del compositor, al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena, con grabación para Decca en1962.

Pesimismo versus optimismo antropológicos. ¿Cómo pasar de la realidad (dicen que un pesimista es un optimista bien informado) al "mundo feliz", sin caer en manos del liberalismo económico salvaje? Les sugiero recurrir a la Epigenética y modificar nuestros pensamientos y nuestra conducta hacia la dirección correcta. Allí nos encontraremos.

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