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Hasta el último

Albares asegura ahora que España devolverá a Marruecos hasta el último menor extranjero no acompañado que se coló por la frontera de Ceuta en la última y bochornosa invasión. Estas palabras –sin su sentido tremendista– en el fondo concuerdan más con las del diputado Figaredo, tachado de xenófobo, que con la promesa de Sánchez de 2016 de convertirnos en un país de acogida.

Figaredo usa el lenguaje beligerante de quien pretende inyectar odio en el discurso para ganar adeptos: habla de cazar uno a uno y de pescar en las aguas a los menas –como le gusta decir– en vez de simplemente localizarlos y proceder a su devolución, como proclama ahora el ministro de Asuntos Exteriores para no seguir disgustando a los socios europeos, que ven con preocupación y duras críticas la inoperancia de España en su frontera sur. Se trata, en cualquier caso, de endurecer la política migratoria a fuerza de graves reveses pero sin dejar de elogiar a la vez al vecino alauita, que es precisamente quien induce a sus parias menores a invadir territorio ajeno.

Convendría que el lenguaje tuviera algo más de humanidad y menos de cacería o de arenga administrativa. Los menores que se cuelan debido a la negligencia española y a la inmoral estrategia marroquí no son piezas de caza ni tampoco cajas de mercancía que hayan quedado sin repartir en un almacén fronterizo. Los menores, antes de convertirse en una cifra estadística migratoria, siguen siendo menores y están sometidos a una protección jurídica que no desaparece porque el Gobierno necesite enviar un mensaje de firmeza donde antes hubo pasividad. Albares habla ahora de expulsar al último. Mañana quizá alguien tenga que explicar qué significa exactamente ese último, si será devuelto, trasladado, repatriado o simplemente borrado del discurso cuando deje de ser útil en la próxima comparecencia de un ministro.

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