Opinión
Colgados del eclipse
De malos augurios, de terribles presagios quedaron rodeados los eclipses solares en tiempos remotos. Eran castigo de los dioses que oscurecían el cielo en pleno día para que los hombres se arrepintieran de sus malas hechuras.
Quedan registrados fenómenos como el que ahora nos subyugan desde tiempo inmemorial. En tablillas, cerámicas y papiros; o en citas chinas tres milenios antes de nuestra era; desde Tales de Mileto que lo vaticinó previo a una batalla en el siglo VI a. C. hasta el desmentido de la crucifixión de Jesús. Luego, la ciencia, tan prosaica y necesaria ella, vino a explicarlos descifrando la dinámica celeste. Y ahogó los mitos y leyendas, aunque aun hay quienes prefieren el bello engaño a la cruda sabiduría erudita.
Anduvieron científicos, astrónomos, gobernantes, oftalmólogos, gentes del ocio y nosotros enloquecidos y eclipsados por culpa de un fenómeno breve y puntual que por dos horas nos trajo de cabeza tras aplicaciones expresamente diseñadas para ello; y a la pobre IA con trabajo extra, consultada a cientos. Todos acabamos expertos por un día en algo que se nos olvida al siguiente. Cazadores de espectáculos celestes, turistas, curiosos esporádicos, periodistas, niños y mayores se confabularon para aprovisionarse de gafas, radiografías, protectores para cámaras y artilugios varios; para instalarse en lugares donde ver una noche en el día porque a la Luna le da por ponerse delante del Sol. Ello según ritmo científicamente probado desde los estudios de la mecánica celeste en los siglos XVI-XVII de, entre otros, Kepler, Newton y Galileo. Desde ahí el misterio ha sido sustituido por el conocimiento.
En la poética belleza de la mitología griega, Helios y Selene, hijos de titanes, se distribuían el día, Helios, y la noche, Selene. Ambos eran hermanos. Ella enamorada del hermoso mortal Endimión lo mantenía dormido visitándolo en la noche. Él tuvo esposas como Perse y amantes como la ninfa Clitia, origen del girasol, al mirarlo siempre. Tras los escritos de Hesíodo que solo los cita hermanados, otros poemas posteriores popularizaron que ambos, Selene y Helios, estaban enamorados y que a veces Zeus, el mandamás del Olimpo, les permitía reencontrarse en un efímero beso. Una fusión breve que dejaba una aureola dorada.
Canciones, poemas, cuentos y más fabulaciones acompañaron a la ciencia que descifraba el universo. Insondable pese a todo. Cuenta una bonita canción en la voz de Pasión Vega, romance apropiado para esto, la historia de amor "Colgados del cielo" de los dos astros cuando como amantes se suplican:
Ella: "Ay sol de mis tormentos // Ven cuanto antes // Que me estoy quedando // En cuarto menguante…"
Él: "Luna ven cuanto antes // Cúrame este tormento // Que me estoy quedando // Sin fuego en el cuerpo…"
Y nosotros, entre heliocéntricos soleados y selenitas lunáticos, observándolo alucinados.
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