Opinión
Divagando
El populismo de esta época
Ante el anuncio de una nueva invasión, las policías española y marroquí han vigilado el acceso a Ceuta y Melilla, desplegándose a ambos lados de la frontera entre los dos países. La actuación ha servido para disuadir a cientos de personas que se habían concentrado en la zona, dispuestas a intentar el salto. Quizá el aviso previo haya propiciado el éxito de la operación. Es presumible que esta vez los gobiernos decidieran colaborar, aunque a falta de información tampoco debemos descartar que cada uno esté actuando por su cuenta. En todo caso, es evidente que hace quince días la seguridad del estado español falló estrepitosamente al no haber sido capaz de prever e impedir la entrada masiva ilegal que se produjo y haber facilitado así la vulneración de la soberanía española sobre suelo ceutí. Las consecuencias de aquel fracaso para los residentes en Ceuta han sido dramáticas y serán duraderas. Y aún están por ver las implicaciones políticas de más largo alcance para nuestro país.
Si el gobierno español tuvo conocimiento de los preparativos de la avalancha sigue siendo objeto de disputa pública. Algún ministro lo ha negado con la misma rotundidad con que los partidos de la oposición y medios de comunicación afines han expresado su denuncia. De manera que lo más oportuno es que sea el presidente quien dé una explicación que despeje las dudas. En esta cuestión, tan conveniente como la prudencia es la claridad. Calmaría la inquietud social, palpable, y podría contribuir a que la vida política se enturbiara un poco más.
Sin esperar un tiempo razonable el pronunciamiento de Pedro Sánchez, fiel a su estilo, Vox lo acusa de traición, la imputación más grave que puede hacerse contra un gobernante, y propone que le sea aplicado el artículo 102 de la Constitución, que conllevaría su enjuiciamiento por el Tribunal Supremo. La iniciativa solo puede ser adoptada por al menos una cuarta parte de los diputados del Congreso y requiere la aprobación de la mayoría absoluta. Que yo recuerde, sería la primera vez que un jefe de gobierno fuera procesado por traición desde el establecimiento de la democracia en 1978.
Vox no dispone de los votos necesarios para realizar el trámite parlamentario, pero con esta reacción mantiene su estrategia de oponerse frontalmente al Gobierno y al mismo tiempo incomodar al PP. Pero también provoca un fuerte impacto, poco benigno, en los electores. Porque habría que preguntarse qué pruebas tiene de que Pedro Sánchez haya cometido un acto de traición. Más bien parece que con esta iniciativa, con una expectativa de prosperar mínima, pretende obtener un aplauso y sumar votos. Aunque sea haciendo caer una sospecha extremadamente dañina, en esta ocasión infundada mientras no se demuestre lo contrario, sobre el primer responsable político del país.
La vida ofrece infinidad de posibilidades para experimentar todo tipo de emociones. Cada individuo es dueño de su vida en un ámbito delimitado con mayor o menor precisión. Pero la política, se quiera o no, afecta a aspectos principales de la existencia y es, por su propia naturaleza, compartida. Interesa, pues, tomarla en serio. La frivolidad, la demagogia, la incompetencia nunca han dado buenos frutos en la política. Con frecuencia han traído problemas mayores e incluso tragedias. Da la impresión, sin embargo, de que hemos olvidado todo esto, a pesar de estar saturados de información. La vida política transmite la imagen de un pitorreo.
Merece la pena reparar en la elección recién celebrada en la circunscripción británica de Clacton. El líder populista Nigel Farage decidió dimitir del escaño que ocupaba desde 2024 en respuesta a una investigación abierta por unas donaciones millonarias que había recibido. Se convocó una nueva elección y Farage se presentó, planteando la votación como un pulso entre la casta política y el pueblo. Los grandes partidos entendieron que se trataba de una farsa y no presentaron candidato. Sí lo hicieron una treintena de aspirantes, entre los que llamó la atención el Conde Binface, que hizo la campaña ocultando su cabeza con un cubo de la basura. Ganó Farage, con el 63% de los votos. Salido de las filas del Partido Conservador, fue eurodiputado, fundó el UKIP, y luego el Reform UK. En 2016 abanderó la opción de salida del Reino Unido de la Unión Europea en una campaña en la que, según reconocería después, había mentido a los británicos con los datos y sus apelaciones. La Cámara de los Comunes proseguirá la investigación sobre su financiación, mientras él se bebe a carcajadas su inseparable cerveza. Es amigo de Trump.
Es pronto para hacer un balance histórico de los populismos de esta época, pero ya se ha realizado alguna evaluación parcial. El hecho es que, con ligeras oscilaciones, los partidos de la derecha radical mantienen un notable apoyo electoral.
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