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Así habló ChatGPT

En las distintas facetas del arte, quien carece de talento lo sustituye con el ego o con una inteligencia artificial

El otro día fui testigo de algo muy cómico que me demostró que merece la pena conservar mi perfil de Facebook, aunque mi actividad en dicha red social sea prácticamente nula. Un personaje del mundillo literario que se las da de poeta publicó unas fotos de no sé qué fiestas de barrio en las que había dado una charleta para los vecinos. Más allá de que en el texto que acompañaba a las fotos presentase su intervención como el discurso de aceptación del Nobel, lo que me llamó especialmente la atención fue que se iniciaba con una frase muy descontextualizada. Se leía algo como: "Vamos a dejarlo así, mejorando un poco la puntuación y las expresiones". A continuación, el muchacho narraba su solemne intervención con el ego de un Ulises que volviera de Troya.

Y entonces lo comprendí. La frase era de una IA a la que le había pedido que le mejorase un texto previo, y lo que ocurría es que, al copiarlo, lo había hecho de más, incluyendo la intervención de ChatGPT, Gemini o quien fuera. Más allá del pequeño lapsus, lo grave es que, para publicar un simple texto que sirviera de acompañamiento a las fotografías, había tenido que pedir ayuda a la IA para escribir con la puntuación correcta. Si esto lo hubiera hecho un alumno de 2.º de ESO, no me habría extrañado, pero el tipo en cuestión se llama a sí mismo "escritor". Ha ganado algún premio y todo.

La anécdota, independientemente de su carácter cómico, vino a demostrarme una realidad que ya sospechaba: estamos rodeados de farsantes. Se encuentran en todos los ámbitos, pero existe una especial concentración en los circuitos artísticos, donde los egos superan generalmente a los verdaderos talentos. Gente con mucha labia, con el don de la verborrea, capaz de derretir a auditorios enteros mientras el público no profundice demasiado en lo que está diciendo. Porque hay mucha ignorancia latente. Recuerdo un acto en el que otro personajillo y yo presentábamos la obra de un buen poeta. Yo pasé los días previos analizando a fondo el libro, tomando notas y elaborando un discurso a la altura de las circunstancias. En la presentación, lo leí, aderezándolo de algunos comentarios espontáneos, pero mi acompañante llegó allí sin papel, sin notas y casi sin haber leído el libro –parece ser que lo hizo un rato antes– y soltó una perorata carismática que despertó los aplausos del público. En su discurso, no encontré ni una nota de profundidad.

Hace años, conocí a otro tipo, profesor de una universidad pública, aficionado a coquetear con sus alumnas. Este buen señor llevaba años en su puesto de profesor asociado, sin haber terminado la tesis, gracias a su encanto y a su talento a la hora de hacer la pelota a los peces gordos de la institución. No niego que fuera muy culto y que hubiese leído mucho en su vida, pero, desde luego, no en la época en la que yo lo conocí. Se ve que, para entonces, ya estaba todo el pescado vendido, como suele decirse. Tuvo a bien enseñarme su práctica de lectura en diagonal de determinadas partes de un libro para después hablar de él en los medios como el más avezado crítico literario. Otro que era un maestro de la verborrea. Recuerdo que trabajaba con un editor de dudosa moral que le sacaba libros recopilatorios de textos, porque nunca escribía ensayos largos: eso habría requerido pasar horas escribiendo y resultaba más atractiva la "juerguecita" cultural diaria: que si obras de teatro, un vinito aquí y otro allá…

A veces pienso en el material tan jugoso que se encontraría Valle-Inclán si se diera una vuelta por la España de nuestros días. Tendría suficiente para escribir otro "Luces de bohemia", cuando menos. "En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados", afirmaba un personaje de la obra: un preso de la escena sexta. Ahora, a Max Estrella le bastaría con acudir a la presentación de un libro de poesía, de conversar con algunas de las gentes que acuden a estos saraos. Tipejos a cada cual más viscoso, camuflados entre personas normales. No obstante, hablo de este microcosmos porque es el que mejor conozco, pero no dudo que algunos lectores tendrán en la cabeza a sujetos del ámbito en el que se mueven y que también llevan la farsa a un nivel estratosférico. Porque farsantes los hay en todas partes, aunque se concentren especialmente en las áreas en las que el ego se alimente y se riegue, para después pasearlo sobre los hombros, siempre rogando para que su peso no sea desmedido y acabes con él en el suelo. Abundan los prepotentes y los genios de baratillo. En las distintas facetas del arte, quien no nace con talento, lo sustituye con ego. Y ahora, también con ChatGPT.

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