Opinión
Se hace camino al parar
Refugio nostálgico del viaje por carretera, último reducto de autenticidad frente al progreso
Una conocida petrolera española ha lanzado una campaña publicitaria con este sugerente título. La campaña es buena no sólo por el lema machadiano invertido con genialidad, sino por la capacidad para conectar, en cinco palabras, con algo muy sentimental en los españoles, como son esos interminables viajes por carretera que todos hemos hecho alguna vez, hilando en cada desplazamiento un país que no deja de tejerse, pese a que otros se empeñen en destejerlo. España como manto de Penélope.
Viajes que hicimos de niños, con nuestros padres, para ir de vacaciones, para visitar a nuestros abuelos, en el pueblo, en otra ciudad. De adultos, solos, con amigos, con una novia o un novio, con una amante quizá, huyendo de algo o de alguien, yendo hacia algo o hacia alguien de quien todavía no teníamos conciencia. Conecta la campaña con el "¿Papá, cuándo llegamos?" y el solaz de la estación de servicio, que es, junto con la playa, el lugar más democrático que existe, para bien y para mal. Es probable que los pilares que sostienen nuestro demos sean la selección nacional, unos grandes almacenes, una organización de ciegos, y las fondas que se esparcen por todo el país.
El progreso, ese destructor de la memoria colectiva, tiene pese a todo la virtud de actuar de modo disforme. El bar de gasolinera es un fallo en el sistema, una de las bellas anomalías de la matriz posmoderna, un reservorio de esencias todavía por resquebrajar, un templo del trasiego donde uno puede encontrar, paradójicamente, cierta paz. En la era de la prisa, el viaje nos obliga a tener tiempo, a detenerlo y hacer un paréntesis en esa hégira constante que es la vida de hoy. En los tiempos de la cocina de autor y el té matcha, nada adquiere más valor insurgente que esas recetas que la estolidez urbana ha ido apartando del paisaje por no casar con el diccionario anglobalizador.
Las circunstancias de la vida me han concedido la suerte de comer en alguno de los mejores restaurantes del mundo. Algunos me han gustado, otros no tanto, pero en ninguno he encontrado la autenticidad ni el flashback proustiano de ese bocadillo de lomo con pimientos o esa ración de torreznos, caracoles o cap i pota que uno encuentra en el bar de una gasolinera de Benavente, Martorell o de Motilla del Palancar. El cartel de "hay callos" es hoy una revelación mariana, una epifanía de hedonismo popular, un secreto que guardarse de la corrala de Instagram y una peineta al sistema. Es ahí donde se nos despierta ese anhelo melancólico algo nebuloso que los románticos alemanes llamaron Sehnsucht.
En la gasolinera de Viso del Marqués, un pueblo de Ciudad Real donde se encuentra -otra bella anomalía-, el Archivo General de la Marina, topé, muy al modo de "Amanece, que no es poco" -la vida se empeña en imitar al arte-, con una mesa con tres libros a la venta, tres: la Poesía completa de Sylvia Plath, El Aleph, de J.L. Borges y Rayuela, de J.Cortázar, sentados junto a un carrusel antediluviano de cassettes de Camela y Bordón IV. Pura cultura de nicho en la España vaciada. Aunque esa torre caerá también -el otro día vi con escalofrío al volver de Galicia que en una de esas postas vendían "carne vegetal" y "pastrami", como si Zamora quisiera ser de pronto un Manhattan kosher-, todavía late en esas posadas una España en estado puro, sin ninguno de sus complejos contemporáneos y con todos sus bellos topicazos de ayer, de hoy y de siempre.
Lugares donde, como antaño en la mili, se cruzan vidas, gentes, acentos, lenguas y dialectos, en las lindes entre provincias, intersticios geográficos que nos hacen mirar el gps para saber si estamos en Burgos o en Soria, en Cuenca o en Albacete, sólo para sabernos en España, dónde si no; lugares neutrales de paso –salvo que vaya usted a Casa Pepe– en los que la batalla política diaria y el ruido ensordecedor de las dos Españas parece no existir, más allá del Telediario en la televisión del comedor y del alto precio del carburante. Resulta fascinante detenerse y verlo, como un Lawrence de Arabia frente a un oasis que mañana, sin duda, será mero espejismo, una entelequia a la que nos acercaremos sedientos de recuerdos y atavismo, y donde (¡ay!) ya sólo encontraremos carne vegetal y pastrami y pócimas de té verduzco. Apresúrense, empápense de ese perfume de gasolinera este verano, pues quién sabe si el próximo agosto el tarro de las esencias seguirá ahí, todavía accesible. El movimiento se demuestra parando, y ese camino al que cantó Machado no es más que el nuestro, el suyo y el mío, el de esa España que, pese a todo, se resiste a morir.
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