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Opinión

Queridísimo Federico

Un año más estoy aquí. Unos días antes de que todos vuelvan a nombrarte, para llegar hasta ti antes que el calendario. Quizá no haya un lugar mejor para hacerlo que desde tu Cataluña; donde tu presencia permanece en la ciudad de la Xirgu, en aquel Cadaqués con Dalí, en la Rambla que deseaste que no terminase nunca y en esas calles donde decías que te encontrabas con el aire, el Mediterráneo, el espíritu y el alto sueño de amor perfecto.

Este año sucedió algo mágico. Uno de mis artículos en este diario apareció en el examen de lengua de unos alumnos. Y, en el mismo documento estabas tú con "La casa de Bernarda Alba". Sé que no fue casualidad. Contigo, nunca nada lo es. Y me llevé la alegría de que esa juventud sigue sabiendo de ti.

Agosto sigue emanando esa sensación cruel de cuenta atrás. Siempre que comienza, pienso en aquella angustia. En tus últimos suspiros. En si confiabas en que aquello no podía sucederte. En si alcanzabas a imaginar el odio creado alrededor de tu nombre. Este año te escribo también con tristeza, como andaluza. Porque aquel espíritu oscuro que acabó contigo vuelve a adueñarse de nuestra tierra. Es lo que pasa cuando un pueblo pierde parte de su memoria.

Aquí hay mucho jaleo con los 90 años de tu fusilamiento. Pienso qué poco te gustarían algunas cosas y qué bochorno te daría ver otras. Si pudieras regresar, cantarías las cuarenta a quienes convierten tu nombre en "marketing" o blanquean las razones por las que te mataron. A quienes dicen que aquello fueron rencillas particulares. A quienes, trasladados a aquella España, callarían ante tu fusilamiento o incluso lo celebrarían. Me queda la tranquilidad de haberte honrado fuera de las efemérides. De haber intentado recuperar tu memoria cuando no te recordaban.

Mientras miro este tiempo tan oscuro, pienso en cómo no iban a querer quitarte cuando tu mensaje era tan revolucionario, por mucho que otros quieran hacerte pasar por tibio ahora. Son los que ni han leído tu "Alocución a Fuente Vaqueros", donde pedías libros frente al hambre, libertad para los oprimidos y para quienes ven los días pasar entre la inercia de una vida que no viven. Estoy convencida de que no habrías callado ante Gaza, ante los vulnerables en las fronteras, ante quienes hoy necesitan que alguien vuelva a decir que todas las personas importan.

Da pena pensar que personas con tus ideas fueron asesinadas por defenderlas. Y más aún comprobar que, 90 años después, reivindicarlas tienen consecuencias. Te confieso algo: ahora sí tengo miedo. No me gusta ni lo que viene ni lo que veo. Ojalá pudieras volver de alguna forma, que quienes te fusilaron lo hubiesen pagado y que tú siguieras con aquellas ideas que fusilaron. Por suerte permaneces en las páginas y en tus cartas, que siguen siendo una forma de mantener tu latido.

Mientras pueda, Federico, seguiré recordándote sin dejar que te conviertan solo en un nombre de agosto. Y te escribo, como aquella Ana de 14 años que un día te encontró en un libro y ya nunca pudo olvidarte.

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