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Saltar la valla con diplomacia

El entreguismo de un gobierno a otro, vecino pero mal avenido

Hay que reconocerle al Gobierno de España una maestría insuperable en el arte de bordear el esperpento. Su estrategia migratoria consiste en convertir la frontera sur en un cercado de puertas abiertas donde la soberanía nacional se limita a un vallado simbólico o a una línea discontinua pintada en el mar que se sortea con un flotador de tienda de chinos.

Resulta fascinante observar cómo el Ejecutivo tropieza una y otra vez ante el mismo valladar. Moncloa aplica la táctica del avestruz mientras Rabat utiliza el drama humano como una alambrada de presión inaudita. Mientras Marruecos desborda cada cerca de la lealtad utilizando la presión sobre Ceuta como palanca de chantaje, en Madrid prefieren plantar un seto de diplomacia de ficción y vender la armonía difusa de una «amistad idílica».

Ante el desafío, el gobierno aprueba regularizaciones masivas sin someter la decisión al Parlamento, frecuentemente ninguneado. Es el colmo de la diplomacia: levantar un muro inexpugnable ante las críticas internas y una rígida tapia ante los aliados tradicionales, mientras se retira toda barrera frente a las exigencias del vecino molesto.

Sánchez no dispone de una estrategia de seguridad; apènas maneja un plano donde los límites territoriales se desvanecen por conveniencia política. Pero en el tablero internacional, la debilidad suele tener un elevado coste. Cuando la diplomacia consiste en replegarse tras un portón sin cerrojo, no solo se resquebraja la política exterior: es la propia credibilidad del Estado la que termina cayendo desde la almena del castillo de naipes.

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