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Ramonzones de la panera

La cultura popular asturiana bien pronto advirtió que eso de "hacer las Américas" no siempre salía bien. En casa, donde hubo experiencias transatlánticas, se sabía algo de esos "americanos del pote", que volvían con una mano delante y otra detrás. No era fácil detectarlos, porque había quienes fantaseaban de riquezas a pesar de su modesta posición. Frente a la rica minoría indiana, cuyos patrimonios saltaban a la vista, había legiones como Ramonzón de la panera, aquel tragicómico protagonista de la copla tradicional que retrata a un emigrante retornado que anuncia a sus padres su vuelta montado en el dólar cuando lo único que se trae de allá es un sarnazo de mucho cuidado que apestó al concejo entero. He escuchado versiones que sitúan a Ramonzón en La Habana o en Buenos Aires, pero da lo mismo. Lo que la letra recuerda es la cruel realidad de tantísimos a los que les fue regular tirando a mal en sus aventuras, y pese a ello continuaban fanfarroneando o dándoselas de lo que no eran.

Antón el Coque, un ciego trovador callejero y corpulento del siglo pasado, recorría las calles de Oviedo con su guitarra y silla plegable cantando las historias de Ramonzón. Jerónimo Granda popularizó años después estas y otras composiciones por el estilo, que no solo ponían en solfa las extendidas leyendas sobre el éxito real o ficticio en América, sino que descubrían algo mucho más puñetero y desolador: la sátira de los que no tuvieron lo que hay que tener para decidirse a cruzar el charco o al menos para intentar huir de una pobreza extrema que en ocasiones solo se mitigaba comiendo hierba.

Ross Perot, el peculiar candidato presidencial norteamericano de los noventa, se presentaba a los debates electorales anunciando que él encarnaba al tipo americano medio, al haberse arruinado y vuelto a forrarse unas siete veces. Ese grado de aceptación del fracaso como algo natural lo hemos preferido sustituir aquí por esa otra cabrita ironía devaluadora y burlesca, tal vez como espejo de una indolencia extendida en amplios sectores alérgicos al riesgo o al emprendimiento. Ramonzones hubo y habrá, pero algunos los seguimos viendo con más simpatía que aquellos que se quedan a verlas venir o a vivir de la sopa boba.

Como el fenómeno migratorio asturamericano ha evolucionado, ahora contamos con nuevos Ramonzones y hasta con Neoindianos. Los primeros aterrizan por aquí publicitándose por las redes como lumbreras cargados de méritos y saberes que pronto se comprueba que al cocer menguan. Y de los otros, a diferencia de los que plantaban palmeras en sus vistosas quintas, no conocemos a veces al detalle el origen de sus fortunas. Antes, los cuartos en el Nuevo Mundo se sabía a ciencia cierta si surgían del azúcar, del comercio, los yacimientos o del aprovechamiento de otros recursos naturales. Hoy, o lo ignoramos o miramos para otro lado cuando sospechamos algo escamante, porque poderoso caballero es don Dinero. A pesar del avance de los controles de capitales a escala internacional, hemos de reconocer que continuamos haciendo que pisen nuestras alfombras rojas aquellos que no acostumbran a contestarnos con la claridad necesaria cuando les preguntamos a qué demonios se dedican. Y no lo hacen precisamente por discreción.

Los Ramonzones del pasado y del presente se alimentan de la mera apariencia y el engañabobos. Y estos neoindianos de los que hablo, de una sociedad sin más referente que el maldito parné, venga de donde venga. Tener hoy posibles lleva aparejado de inmediato un reconocimiento social que nunca debiera desligarse de su legítima y lícita procedencia, y en ese decente objetivo no tengo claro que estemos siendo demasiado exigentes.

A Ramonzón de la panera el señor alcalde lo mandó embarcar de vuelta a América. Ojalá lo sepamos hacer también con esos otros neoindianos que recibimos como en Bienvenido Mr. Marshall, pero incluso con peor candidez que en la película de Berlanga.

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