Opinión
Las alas también pesan
Detectar una capacidad es solo el principio; Félix Ruiz Mahamud sabía que después empieza una tarea más delicada: acompañar a una persona mientras aprende a comprender aquello que lleva dentro
Marina Dáder Suárez es ingeniera de datos de la Universidad de Oviedo
Hay alas que pesan. Pesan cuando llegan antes que las respuestas. Cuando alrededor todos miran cuánto podrías volar y tú todavía estás aprendiendo a reconocer tus propias alturas, tus límites, incluso el lugar al que quieres dirigirte. Tener alas nunca ha significado saber utilizarlas.
Esta semana he vuelto muchas veces a esa imagen. Félix Ruiz Mahamud ha fallecido. Desde que conocí la noticia, he empezado a encontrar su huella en lugares donde nunca había pensado buscarla. En decisiones que creía enteramente mías. En la manera de ordenar las ideas cuando llegan demasiadas a la vez. En ciertas preguntas que hoy sé hacerme y en una forma distinta de medir la exigencia.
Hay aprendizajes que se incorporan tanto a nosotros que olvidamos que un día alguien nos ayudó a adquirirlos. Félix fue una de esas personas.
Dedicó buena parte de su trayectoria a acompañar a niños y jóvenes con altas capacidades, colaboró con asociaciones y contribuyó a explicar una realidad todavía rodeada de demasiados tópicos. Estos días volví a encontrar el resumen de una charla que impartió sobre altas capacidades y adolescencia. El primer concepto que aparecía era sencillo. Autoconocimiento
Después venían el esfuerzo, la resiliencia, las fortalezas y las debilidades, aquello que podemos cambiar y aquello que necesitamos aprender a aceptar. Al leerlo, reconocí enseguida lo esencial de su trabajo.
Mi historia con Félix comenzó también alrededor de las altas capacidades. Con los años entendí que poner nombre a una forma determinada de aprender explica algunas cosas, pero deja abiertas las preguntas realmente difíciles. Qué hacer con tantas posibilidades. Cómo convivir con las expectativas. Cómo aceptar aquello que cuesta cuando tantas otras cosas parecen fáciles. Cómo distinguir entre lo que uno puede hacer y aquello que verdaderamente quiere hacer.
Las altas capacidades contienen realidades mucho más diversas de lo que sugiere la etiqueta. Dos jóvenes pueden compartir una identificación y vivir experiencias completamente distintas. La capacidad convive con el carácter, las emociones, la creatividad, el entorno, la edad. Un expediente brillante puede decir mucho sobre lo que alguien sabe hacer y muy poco sobre cómo está aprendiendo a ser.
El niño que aprende deprisa sigue siendo un niño. El adolescente al que todos auguran muchas posibilidades sigue necesitando tiempo para descubrir cuáles son las suyas.
Asturias ha avanzado en los últimos años en la detección temprana. En 2023, la primera fase de la estrategia alcanzó al 95% del alumnado de primero de Primaria. Existen medidas específicas de enriquecimiento, ampliación y flexibilización. Aprender a mirar antes ha sido un paso importante.
El siguiente consiste en no dejar de mirar después. Porque identificar una capacidad permite ponerle nombre. Acompañarla exige algo bastante más difícil, comprender a la persona que la lleva.
Una prueba puede descubrir unas alas. Hace falta alguien que enseñe a llevarlas
Acompañar puede ser ayudar a un joven a comprender por qué se exige tanto. Enseñarle que una facilidad no se convierte automáticamente en una obligación. Darle permiso para equivocarse sin sentir que cada error contradice aquello que los demás esperan de él. Ayudarle a escoger entre muchas posibilidades sin convertir cada renuncia en una oportunidad perdida.
En algún momento, esta reflexión deja de pertenecer únicamente a las altas capacidades. Pertenece a todos.
En Asturias hablamos mucho de talento joven. Lo buscamos, lo reconocemos, celebramos sus resultados y discutimos cómo desarrollarlo. Quizá nos falta hablar con la misma intensidad de la estructura humana que existe alrededor de cada joven mientras aprende a conocerse. Porque ninguna trayectoria se escribe en singular.
Detrás de muchas personas que parecen avanzar solas hubo alguien que miró con atención. Un profesor que vio algo antes de que tuviera nombre. Una familia que sostuvo sin empujar. Un orientador que supo escuchar. Una persona que hizo la pregunta adecuada y tuvo la paciencia de esperar la respuesta. Sus nombres rara vez aparecen en un diploma. Su huella, en cambio, puede acompañarnos toda la vida.
Una Asturias rica en talento necesita ser también una Asturias rica en acompañamiento. Necesita personas capaces de mirar más allá de los resultados, permanecer cerca sin apropiarse de las decisiones y ayudar a que una capacidad encuentre una medida, una dirección y, algún día, un propósito. Porque el talento habla de posibilidades. El propósito aparece cuando empezamos a decidir cuáles merecen nuestra vida.
Félix entendía bien esa distancia. Por eso su legado difícilmente puede medirse contando charlas, consultas o años de trabajo. Está también en lo que sucedió después. En personas que aprendieron a entenderse un poco mejor. En decisiones tomadas mucho tiempo más tarde. En exigencias que encontraron su sitio. En jóvenes que dejaron de sentirse solos dentro de aquello que los hacía diferentes.
Durante años pensé que algunas de las herramientas que hoy utilizo para comprenderme eran simplemente mías. Esta semana he descubierto que también eran memoria. Hay personas que dejan recuerdos. Otras dejan una parte de sí mismas incorporada a nuestra manera de vivir. Félix no me dio alas. Me enseñó a llevar las que ya tenía. Y quizá ahí esté la medida más sincera de una vida dedicada a acompañar, en todo aquello que sigue sosteniéndose cuando quien ayudó a construirlo ya no puede verlo.
Las alas siguen pesando. Solo que algunas personas, como Félix, consiguen que aprendamos a llevarlas. Gracias, Félix.
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