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La verdad penaliza al político

La política verdadera, esa que alguna vez consistió en gobernar, retrocede al mismo ritmo que avanzan nuestras sociedades infantilizadas. En ellas, el ciudadano deja de ser tratado como un adulto al que se le pueden explicar las dificultades, para convertirse en un consumidor al que hay que evitarle cualquier disgusto. El político, que conoce la diferencia entre lo necesario y lo populista, suele preferir lo segundo.

Decir la verdad penaliza. Mucho más cuando esta viene acompañada de una reforma: trabajar más, gastar menos, corregir un privilegio, adelgazar una Administración, modificar una prestación o aceptar que determinados derechos no pueden crecer indefinidamente sin que alguien pague la factura. La política ha descubierto que hay cosas que pueden ser ciertas y, al mismo tiempo, electoralmente inconvenientes. De modo que cada vez son menos los que se arriesgan a pronunciarlas. Está el caso reciente de Merz, canciller alemán, que vio descender su popularidad por decir que para poder seguir manteniendo las pensiones habría que trabajar más o bien reducirlas.

La polarización y el sectarismo agravan el problema. En una sociedad partida en trincheras, cualquier reforma deja de medirse por su utilidad y pasa a juzgarse por quién la propone. Si la plantea el adversario, es una agresión; si la propone el propio partido, una conquista social. El sentido común queda atrapado entre dos hinchadas. Así se gobierna a corto plazo, administrando aplausos y aplazando el sacrificio. Las reformas se anuncian con solemnidad y se ejecutan con timidez, cuando no se abandonan al primer berrido callejero. Solo las circunstancias extremas consiguen romper esa resistencia tras una quiebra total o una catástrofe. Entonces, aquello que ayer parecía intolerable se convierte misteriosamente en inevitable. Sucedió en el último mandato de Zapatero, poco antes de que el expresidente del Gobierno que ha sumado la deshonra a su enorme fracaso anunciase que se iba a dedicar a supervisar nubes.

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