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Gobernar tumbado en la hamaca

Un presidente de vacaciones, con la frontera sur violada por miles de inmigrantes y la consiguiente crisis humanitaria

Dicen los analistas de mirada torva que gobernar un país exige cierta presencia cuando los bosques se convierten en pavesa y la integridad territorial se tambalea al filo de una concertina. Qué falta de visión poética. Con lo agradable que resulta el murmullo de las olas atlánticas mientras España arde por los cuatro costados. ¿Quién osaría interrumpir un holgado retiro por nimiedades como una crisis de seguridad nacional? Basta con un baile de ministros de la ceca a la meca.

Hay que reconocerle a Pedro Sánchez un talento místico para el arte de la ausencia. Ya en aquel lejano abril de 2024 nos regaló cinco días de profunda meditación trascendental para reflexionar sobre el peso de la existencia, al modo de Sartre. Ahora, en este agosto, eleva la maniobra a la categoría de obra maestra: la vacancia silente. ¿Para qué convocar al Consejo de Seguridad Nacional o quitar el polvo estival a la bancada del Congreso si se cuenta con una cohorte de ministros dispuestos a arder a lo bonzo con tal de proteger al líder supremo?

Entre brisas de La Mareta y siestas reparadoras, las hipótesis se multiplican. ¿Estamos ante la resignación de quien ha entregado sus armas al destino, o ante la maquiavélica estrategia de un invencible que regresará en septiembre rescribiendo la realidad con una sonrisa intacta? Da igual si el ciclo político agoniza o si la reputación se desmorona como un cubito de hielo en un humeante caldo de sopa. El verdadero estadista sabe que no hay incendio, ni alambrada, ni borrasca judicial que no pueda sobrellevarse al arrullo veraniego de una hamaca, mientras suena el violín de las cigarras.

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