Opinión
Melquíades Álvarez: referente de libertad y reformismo
En el 90.º aniversario de la muerte del político asturiano, republicano y liberal
Álvaro Queipo es presidente del Partido Popular de Asturias
Resulta estremecedor imaginar cuáles pudieron ser los pensamientos que cruzaron la mente de don Melquíades en los instantes que precedieron a la atrocidad despiadada de su asesinato.
Esa mente brillante y serena a la hora de concebir y expresar sus ideas políticas, sin duda sufrió, enfrentada a la barbarie, el terror que quebraría el ánimo de cualquier ser humano en su misma circunstancia, arrastrado durante la noche por los pasillos de la Cárcel Modelo, y ametrallado finalmente por unos milicianos.
Se cumplen 90 años de la muerte de uno de los políticos asturianos más importantes de nuestra historia contemporánea. El 22 de agosto de 1936, Melquíades Álvarez era asesinado en Madrid, víctima de una violencia que acabó con la vida de quien se había dedicado a defender precisamente lo contrario: la libertad, el parlamentarismo y la convivencia dentro de la ley.
Noventa años después, Asturias sigue teniendo el deber de recordar su figura y valorar su legado.
Melquíades Álvarez fue uno de los grandes referentes asturianos y españoles del liberalismo y del reformismo. Nacido en Gijón, formado en la Universidad de Oviedo, catedrático de Derecho Romano, abogado de prestigio y extraordinario orador, llegó a presidir el Congreso de los Diputados y fundó en 1912 el Partido Reformista.
Pero la importancia de su figura supera la de los cargos que ocupó o las responsabilidades que asumió. Su verdadera relevancia reside en la manera en que entendió el ejercicio de la política y en los principios que defendió durante una de las épocas más convulsas de nuestra historia.
Fue, ante todo, un reformista. Su ejemplo nos recuerda que el reformismo consiste, precisamente, en no conformarse; en querer transformar una sociedad que, ya entonces, necesitaba cambios profundos. Pero también que esa transformación debe hacerse desde el respeto a la ley, desde las instituciones, desde el Parlamento, y desde la convicción de que ningún cambio merece ese nombre si para alcanzarlo es necesario sacrificar la libertad y la convivencia entre españoles.
Esa conjunción entre la voluntad de cambio y el respeto a la ley y a las instituciones constituye una de las claves más valiosas de su legado.
Su reformismo buscó superar las grandes divisiones de su tiempo, no para ignorarlas, sino para encauzarlas mediante la reforma, la negociación y el pacto. Su concepción de la política nos recuerda que la moderación no es falta de convicciones, sino voluntad de defenderlas sin negar la legitimidad de quien piensa diferente, sabiendo que la voluntad de acuerdo no exige renunciar a ellas.
No debemos poner en duda la vigencia de esta forma de entender la política. Entiendo, como entendía Don Melquíades, que fundamentar la acción política en la moderación constituye la expresión más radical de respeto por la convivencia democrática.
La defensa del parlamentarismo tampoco fue circunstancial en Melquíades Álvarez. Entendió que la libertad solo puede sostenerse sobre el imperio de la ley y sobre unas instituciones capaces de garantizarla. Y sostuvo que, en una sociedad plural, el Parlamento debe ser el lugar en el que las diferencias se encaucen mediante la palabra y el respeto constante de las reglas democráticas comunes.
Al final de su vida, para vergüenza de todos, tuvo lugar la negación absoluta de todo aquello que había defendido. La intolerancia sustituyó a la palabra. La violencia sustituyó al Derecho.
Aquel 22 de agosto de 1936 la barbarie sectaria, la peor versión del cainismo entre españoles, le quitó la vida a uno de los asturianos más brillantes, influyentes y coherentes de nuestra historia, y sorprende que también sea don Melquíades uno de los más injustamente olvidados -quiero pensar que no de forma voluntaria.
Cuesta, por la brutalidad de la escena, imaginar a aquel hombre inocente cubierto con su uniforme de reo manteniéndose en pie frente a los que alzando sus metralletas seguían despreciando a la propia democracia.
Noventa años después, recordar su asesinato debe servir también para reafirmar los principios que aquel crimen negó de la forma más brutal.
Asturias tiene aún una deuda con la memoria y la forma de entender la convivencia política de Melquíades Álvarez, una deuda que más pronto que tarde deberá ser saldada.
Así lo consideramos quienes creemos que se puede transformar una sociedad sin dividirla. Quienes creemos en el diálogo y en las instituciones como instrumentos idóneos para llevarlo a cabo. Quienes entendemos que ninguna reforma, ningún proyecto político, ningún objetivo, pueden estar por encima de la libertad y del Estado de Derecho.
Noventa años después de su muerte, Asturias tiene muchos motivos para sentirse orgullosa de Melquíades Álvarez. Y junto al resto de España, muchos motivos para seguir recordando su legado.
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