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No nos ponemos de acuerdo sobre el cambio climático

Desde la antigüedad, los pensadores se preocuparon por definir qué es el ser humano, qué lo distingue del resto de los animales. Conocida es la de Arístoteles: un zoon politikon y a la vez un zoon logikon. Una definición que intriga, porque cada uno de esos epítetos que añade a la palabra zoo, animal, tiene un campo semántico amplio. Los exégetas se preguntan qué quiso decir Aristóteles. Como hacen los jueces cuando interpretan las leyes. Es clásica la discusión de los constitucionalistas americanos sobre cómo aplicarla. Al pie de la letra como imponía el famoso juez Scala, o interpretándola y actualizandola como si se pudiera habitar la mente de los redactores si viviera en la actualidad. Pero, ¿qué nos importa lo que quiso decir Aristóteles? Nos importa lo que nos puede decir, su potencial utilidad para entender, o definir, al ser humano. La idea de animal político puede expresar que es un animal de la polis, de la ciudad. Ciudad que tiene, entre otras cosas, su constitución, artefactos que la ordenan y distinguen de agrupaciones de humanos regidas por los lazos de familia y poder no articulado. Sería humano en cuanto a que constituye parte de una organización superior. Los otros serían salvajes, lo que permitiría su esclavización y su explotación como a los animales domésticos: con el cuidado justo para que sobrevivan y despertando los mismos los lazos afectivos al igual que otros animales. O se puede decir que es un ser social y por tanto que sólo cuando se cría en entre otros humanos llega a serlo. Se reconoce de esa manera que nacemos con un cerebro que se conformará en el medio. Ese recién nacido será el resultado de las predisposiciones marcadas por su genes y su verificación y configuración dictada por el medio. Excluiría, por tanto, al que se cría en un entorno no humano, como aquellos niños que vivieron entre lobos. ¿Y los los autistas y los que sufren las múltiples deficiencias mentales de socialización? Más aún, ¿es un ser humano el anacoreta que se interna en el bosque y decide no tener más contacto con los otros, no usar nunca más la palabra para hablar?

Precisamente el otro término del binomio tiene que ver con ello: logos como palabra, o como pensamiento, o como razón. Para algunos, se es humano en cuanto se reflexiona, en cuanto se sabe que lo es, que tiene conciencia de sí. Para ello, para responder a la pregunta quién soy yo y qué hago aquí, emplea el artificio de la lengua. Si fuera la lengua lo que nos hace humanos, ¿qué pasa con los sordomudos de nacimiento? Está claro que también piensan. Lo hacen con la capacidad cerebral donde en asienta la facultad lingüística. Lo sabemos porque cuando aprenden la lengua de signos se establece en esas áreas cerebrales y si un azar neurológico las daña, un ictus lo más frecuente, pierden esa capacidad. Son humanos con un logos distinto. Y ni ellos ni los otros dejan de serlo si sufren afasia.

El intento de definir al ser humano tiene mucho que ver con la pretensión de que somos otra cosa, algo diferente al resto de los seres vivos y necesitamos confirmarlo. Por eso mucho se conforman con la idea de que somos portadores de un alma inmortal. Sin embargo Pascal no dice que no es necesario definir todo: "¿ qué necesidad hay, por ejemplo, de explicar lo que se entiende por hombre?".

Quizá podamos vernos como una especie más en este fenómeno que es la vida. Nos creíamos los reyes de la creación dotados de memoria, inteligencia y voluntad. Hoy sabemos que hay animales que se reconocen en el espejo, que saben que son ellos; y que tienen capacidad simbólica. Si sueñan es que en su cerebro durmiente se representan imágenes, percepciones, quién sabe si relatos caóticos como los nuestros.

No hay duda: el ser humano, como especie, se distingue de los otros. Eso no quiere decir que sea más perfecto pues eso exigiría tener un concepto de perfección y eso en biología no existe. La vida solo aspira, al parecer, a perpetuarse. Y en cada manifestación, sea un individuo o una especie, ese es el objetivo y el fin. Homo sapiens sapiens ha tenido en eso mucho éxito: ya somos más de 8.000 millones cuando éramos unos pocos miles hace solo 40.000 años. Pero en ese éxito biológico puede estar nuestra perdición. Así los conejos, cuando todo les es favorable se reproducen y en ese crecimiento está su muerte, asediados por plagas y hambre. O como las langostas, que en su depredación está su muerte.

Nosotros creemos que sabemos más, que estamos al mando, que nuestra racionalidad, el logos, nos protege. Pero no hay duda de que la razón no es la que más guía nuestras decisiones. El cambio climático ha dejado de ser una amenaza, ya está cobrando vidas y haciendas. Aunque hay negacionistas, siempre los habrá, el consenso es amplio: tenemos que actuar. Así lo dicta la razón. La amenaza Covid, con excepciones, nos unió: la veíamos y sentíamos. ¿Tendremos que esperar a que las catástrofes climáticas se multipliquen?

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