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Manga por hombro

Que en la Administración, salvo excepciones, va todo manga por hombro es algo sabido, padecido y más que asumido. Aunque en cuestiones tan sensibles como las relacionadas con la salud en ocasiones, y con razón, perdamos la paciencia.

Dado que lo poco espanta y lo mucho amansa, a estas alturas relativizo las tropelías con las que tengo que lidiar a cada paso en mi historial médico. A fin de cuentas, sé que cuando las cosas se ponen feas y las dolencias son graves, la sanidad pública es imbatible y estamos en buenas manos. Las de todos aquellos a quienes no nos cansamos de aplaudir desde los balcones durante la pandemia.

Lo que no es óbice para que el sistema sanitario, estructuralmente, sea un desastre. La falta de personal es el primer eslabón de una cadena que hace aguas por todas partes, lo que se constata en las listas de espera, inasumibles.

Ello sin contar con las cuestiones materiales, como el impresentable estado de los aseos de los hospitales públicos (tazas de váter arrancadas, puertas que no cierran, cisternas vandalizadas), como si lo que es de todos no fuese de nadie, y se consintiera lo que sería inimaginable en el entorno de la privada.

Que todo va manga por hombro lo sabe cualquier paciente. Relacionada con una de las cuatro especialidades de las que soy socio perpetuo, me solicitaron una resonancia hace meses. Cuando por fin sonó el teléfono de una empresa externa al hospital que canaliza lo que llaman "plan de choque", advertí a mi interlocutor que, como claustrofóbico de libro que soy, había pedido una resonancia abierta. No les constaba. Nos despedimos amablemente, tras advertirme que volvía a la casilla de salida y el proceso comenzaba desde cero. Hace años hubiese dado un bufido. Esta vez incluso sonreí.

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