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La Odisea nos guía

Proliferan ahora los especialistas en Homero y la poesía épica

Qué bien que todo el mundo hable de "La Odisea". Qué maravilla que miles de lectores —qué digo, millones de lectores—, todos expertos en Homero, por supuesto, se hayan hecho eco de la película de Christopher Nolan y le hayan recriminado las inexactitudes y las libertades que se ha tomado el director al adaptar esta obra que las multitudes leen y releen sin parar desde la más tierna infancia.

Así como en "Amanece que no es poco", la película de José Luis Cuerda, los habitantes del pueblo donde se desarrolla la historia eran expertos en el escritor estadounidense William Faulkner, por estas latitudes es muy raro encontrar a alguien que no haya leído dos o tres veces a Homero.

Por eso no es de extrañar que, en las colas que se formaron nada más terminar las tres horas ininterrumpidas de la película para entrar en los aseos, tanto de hombres como de mujeres, las conversaciones giraran, entre otras cuestiones, sobre si era mejor leer el gran libro en la traducción en verso preparada por José Manuel Pabón y prologada por el catedrático de Filología Carlos García Gual, o la versión en prosa realizada por este mismo gran experto en cultura griega.

En esta apremiante situación, recogí al vuelo algunos fogonazos de conversación y comprobé que, al referirse a Odiseo, muchos preferían llamarlo por su nombre latino: Ulises.

Me encantó escuchar a una mujer, de edad indefinida, transmutada en la diosa Calipso, recitar lo que, según ella, se "le olvidó" mostrar a Nolan en su película:

"Sois crueles, ¡oh, dioses!, no hay quien os iguale en envidia. Os enfurecéis contra las diosas que eligen a un mortal que les place como esposo… De nuevo os irritáis conmigo porque me envidiáis el amor a ese hombre al que yo misma salvé cuando lo trajeron a estas playas las olas y el viento, y al que quiero hacer inmortal".

Una voz que no conseguí identificar preguntó:

—¿Quién ha hecho que todos nos encontremos hablando del gran Homero?

Y los que allí estaban contestaron a la vez:

—¡Nadie!

La voz volvió a preguntar:

—¿Quién no pronunció "nadie" en la película?

Y todos volvieron a contestar al unísono:

—¡Nadie!

Al salir del cine, pude comprobar que en la calle había numerosas actividades alrededor de "La Odisea". Prensa, radio y televisión habían enviado a sus más destacados reporteros para dar noticia detallada de cada una de ellas. Un gran puesto de libros ofrecía las numerosas versiones que se habían publicado de esta obra universal. No había nadie, nadie, que no portara una o dos versiones del libro.

Numerosos talleres para niños y mayores se distribuían por todas las plazas. Cito solo tres. Me llamó mucho la atención uno sobre escritura. Se anunciaba así:

"Odiseo tardó diez años en regresar a Ítaca. Imagina una pequeña odisea que te haya hecho llegar diez minutos tarde al colegio. No tiene que ser verdadera, pero sí creíble".

En el momento en que pasé por allí, una niña de 11 años estaba leyendo ante un nutrido grupo de personas de diferentes edades:

—¡Uf! ¡Qué susto pasé! Al salir de casa, ya casi en la acera que lleva al cole, no vi unas señales de peligro que había en el suelo y, de repente, me caí en el fondo de un agujero. No me pasó nada, de milagro. No era muy hondo, pero yo no llegaba al borde para salir. Grité pidiendo auxilio. Me ayudó una obrera con casco. Creo que fue la diosa Atenea, porque vestía un traje del color del sol. Esta fue mi odisea. Por eso llegué diez minutos tarde al cole. Vaya, se me olvidó pedirle un justificante a la diosa.

Otro taller era de collage. Recortando papeles de colores, las niñas y los niños creaban cíclopes. Una vez terminados aquellos enormes seres de papel de un solo ojo, se mostraban, muy bien ordenados, a la vista de todos. Impresionaba ver tal cantidad de hijos del colérico dios Poseidón.

Me sentí muy atraído por el taller titulado "No me digas que me calle, Telémaco", en el que muchas mujeres escribían en un gran mural, con gruesos rotuladores, momentos en los que algún hombre les había mandado no entrometerse en conversaciones masculinas.

Aunque es de todos conocida la grosería machista que le soltó Telémaco a Penélope y que la dejó perpleja, pido disculpas por copiarla aquí, solo lo hago por si alguien no la recuerda. Le dijo Telémaco a su madre:

"Vete dentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca… El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo del mío, pues mío es el gobierno de la casa".

Esta es solo una pequeñísima muestra de la enormidad de talleres, charlas, exposiciones, coloquios… que se organizaron después del estreno de la película. Y continuarán impartiéndose en las escuelas, institutos y universidades como se ha hecho siempre.

Insisto: qué bien que todos sigamos, como hemos hecho hasta ahora, hablando de "La Odisea". Nos demuestra que los nuevos lotófagos, esos que nos ofrecen la flor de loto del olvido utilizando todas las artimañas de la seducción, no han conseguido su propósito.

Seguimos adelante en nuestro viaje a Ítaca, como escribió el poeta griego Constantino Cavafis, pidiendo que "el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias".

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