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El regreso del Hades

La travesía por los infiernos personales que todos emprendemos y la importancia del retorno

Nadie regresa del Hades. Nadie, salvo algunas excepciones. La lectura de "La Odisea" (Homero, siglo VIII a.C.) y la reciente película de Christopher Nolan "The Odyssey", son testigos que Ulises viajó al Hades (Catábasis) y se entrevistó con Tiresias (adivino ciego de la mitología griega), gracias a lo cual pudo, finalmente, regresar de los infiernos (Anábasis) y llegar de nuevo a su hogar en Ítaca (cuando se visita esta pequeña isla del Jónico, se entiende porque su rey tardó unos 10 años en hacer el viaje desde Troya, algo que incluso en la época descrita, no debería durar más de una semana).

Tres son los nombres de los dioses que se repiten constantemente en la obra poética y en la película: Zeus, Poseidón y Hades, sin restar protagonismo a la omnipresente Atenea, que no ha dejado de importunar desde la guerra de Troya. Zeus, la autoridad máxima, quién desde su residencia en el Olimpo dirige con su rayo la vida del mundo; su hermano Poseidón, que rige los destinos marinos y con sus tormentas engulle las naves de los atrevidos aqueos; y finalmente Hades, el tercer hermano, destinado a controlar el inframundo. Además de un dios, "Hades" es el nombre del lugar donde reposan todos los que nos han precedido, disfrutando o sufriendo suertes diversas. Como decía al inicio, el viaje a este lugar es sólo de ida, aunque la mitología nos menciona a Hércules, Orfeo, Teseo, Ulises y Eneas, como ejemplos de mejor o peor regreso. En la mencionada película, es especialmente ilustrativa la conversación entre Tiresias y Odiseo, con sus advertencias sobre las iras divinas, la muerte de sus compañeros y la encarnizada lucha para recuperar a Penélope. Los diálogos con el Hades, no necesariamente presenciales, son una fuente inagotable de conocimientos, en muchos casos utilizados por filósofos y escritores para sus ensayos (Parménides, Virgilio, Dante, Goethe, Joyce).

Alejandro Gándara (Santander, 1957), en su libro "Los textos robados a la felicidad" (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2026), nos introduce a una relación metafórica con nuestros "Hades" particulares. El descenso a los propios infiernos es un camino obligado de las "vidas vividas". El paso de la infancia a la adolescencia o de ésta a la edad madura, por no mencionar la entrada en la vejez o en la dependencia. El dolor de las pérdidas, el derrumbe de nuestras ambiciones, el desamor, la enfermedad, o tanto otros acontecimientos que ponen a prueba nuestra fragilidad. Los sucesos amargos o crueles que nos rodean: genocidios, terremotos, inundaciones, incendios, epidemias, todo ello en vidas cercanas, forman parte de los innumerables viajes al Hades, sin regreso físico, pero con un aprendizaje constante. Como refiere el profesor cántabro, "Si estamos vivos, el infierno está garantizado". Pero lo importante es el retorno, la famosa "Anábasis", que relataba Jenofonte (431-354 a.C.), partícipe del viaje de ida y vuelta de los "Diez Mil". Si es inevitable visitar el infierno cotidiano, el camino de regreso es la senda que no debemos perder. Nada mejor que releer al poeta egipcio Konstantínos Kaváfis (1863-1033), para entender la relevancia de nuestra Ítaca particular.

Para facilitar este regreso, sugiero acompañarnos de la famosa ária "¿Che farò senza Euridice?", de la ópera "Orfeo y Eurídice", del compositor alemán Christoph Willibald Gluck (1714-1787), estrenada en Viena en 1762. El canto de Orfeo destaca por su sencillez y ausencia de artificios vocales, tan propios de la ópera italiana del momento. Aunque ha sido interpretada en todos los idiomas y por numerosas voces, quisiera destacar la de mi contralto preferida, Kathleen Ferrier (1912-1953), que dejó una huella imborrable en la historia de la ópera. Si prefieren algo más cómico, nada mejor que la parte final, "galop infernal", de la opereta "Orfeo en los infiernos" (estrenada en París en 1858), del compositor francés Jacques Offenbach (1819-1880), donde los dioses del Olimpo, que han viajado al Hades para ayudar en el rescate de Eurídice, participan de una gran fiesta y baile, organizado por Júpiter y Platón. Esta danza se hizo famosa, en su forma de "cancán", en el Moulin Rouge de París y desde allí, a todos los cabarés del mundo.

Todos disponemos en nuestra biografía de viajes, afortunadamente de ida y vuelta, al hades. Y lo dejo con minúscula, por respeto a todas las travesías sin retorno, a tantas miserias humanas que nos rodean, a tanto dolor innecesario y a tantas muertes absurdas, que sí se alojan en el Hades. Ojalá pudiéramos ser como Ulises y disfrutar de las palabras certeras de Tiresias. La palabra debería ser siempre una guía y un consuelo.

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