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Atónitos

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Mientras ardían los montes y Ceuta afrontaba una invasión en toda regla, España entraba en agosto, manteniendo el inconmovible descanso estival, instalada en un clima de suspensión de la realidad, agravado por un gobierno acéfalo y una opinión pública estupefacta por el espectáculo de abandono de responsabilidades.

Llegaron explicaciones, acusaciones, comparecencias y versiones contradictorias. Primero suceden las cosas. Luego intentamos comprenderlas. Cuando llegan las disquisiciones, ya estamos ocupados con la emergencia siguiente.

Incendios, inmigración, pendencia parlamentaria, corrupción. Cada problema puede discutirse por separado. Pero el ciudadano no los vive por separado. Los recibe todos a la vez.

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Ceuta es el acontecimiento más desconcertante del verano: en veinte kilómetros cuadrados se han concentrado soberanía, frontera, seguridad, inmigración y derechos humanos. Miles debían ser atendidos; los menores, protegidos; los residentes, amparados por servicios que no podían detenerse. Los juzgados llegaron a registrar doscientas denuncias diarias mientras los refuerzos no se incorporarían hasta septiembre. El Estado llega tarde.

Los incendios dejan la misma vulnerabilidad. Hasta el 17 de agosto habían afectado a 254.730 hectáreas y provocado 42 grandes fuegos. España conoce el riesgo, pero cada año parece descubrirlo. De las 404 preguntas orales formuladas al Gobierno en el Congreso desde septiembre de 2025, solo una guardó relación con ellos. Las emergencias duran lo que sus imágenes en televisión.

Frontera, fuego, corrupción, incertidumbre. Ceuta cuestiona la seguridad territorial; los incendios, la capacidad de protegerla; los sumarios, la confianza en el poder. Y queda flotando, sin respuesta, una pregunta: ¿quién tiene el control?

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El desconcierto ha subido un escalón. España discute líneas rojas que parecían fuera de cuestión: Constitución y forma de Estado: modelo territorial y amnistía; independencia judicial y separación de poderes. Se suma la confianza electoral que también ha entrado en el debate público.

No todas las sospechas tienen pruebas ni todas las acusaciones merecen crédito. Pero la democracia también se erosiona cuando la sospecha sustituye a la prueba.

Los españoles no cuestionan la democracia, pero dudan de que las instituciones estén a la altura. Ocho de cada diez la consideran el mejor sistema, mientras apenas dos se declaran satisfechos. La legitimidad de principio resiste mientras la práctica se deteriora. Una mayoría tampoco confía en que la Justicia trate a todos por igual. Síntomas de país atónito.

¿Puede conservar su autoridad una democracia cuyos ciudadanos sospechan de quienes garantizan sus reglas?

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A esa crisis se añade la degradación de la responsabilidad pública. Un ministro no puede esconderse detrás de una frase. No es un comentarista: tiene poder, firma, decide, ordena, nombra, regula, distribuye recursos y responde ante el Parlamento y los ciudadanos.

Quien conoce su materia puede advertir, resistir y decir que no. Puede deber lealtad al presidente; no la renuncia a su criterio. El problema comienza cuando el conocimiento técnico incómoda al Gobierno. Los que no saben producen el problema; los que saben callan para no convertirse ellos mismos en problema. Entonces el error se hace método y la conveniencia sustituye al criterio.

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La sanidad coloca la erosión a la altura del cuerpo, del tiempo y del miedo. Una bronca parlamentaria se apaga con el televisor; una operación que no llega entra en la vida. El sistema suscita orgullo pero cuesta acceder a él.

Ahí convergen las preguntas: Ceuta, ¿quién controla la frontera? Sanidad, ¿quién garantiza la asistencia? Incendios, ¿quién previene? Justicia, ¿quién responde? Gobierno, ¿quién decide? Y el ciudadano, ¿quién me protege cuando el sistema falla?

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No estamos atónitos solo ante los hechos, sino ante quienes debían impedirlos, corregirlos y explicarlos. La erosión empieza cuando un ministro no sabe; cuando sabe y calla; cuando se equivoca y no rectifica; cuando el Parlamento pregunta y la respuesta se convierte en trámite; cuando la oposición exagera hasta hacer irrelevante la denuncia. La responsabilidad pública comienza donde termina la explicación.

El problema no es que sucedan cosas graves, sino que cada vez resulte más difícil encontrar quién responde. El estupor es la reacción de quien espera que las cosas tengan sentido. Un ciudadano indignado cree que alguien puede arreglarlas; uno atónito aguarda una explicación. Lo verdaderamente peligroso llega cuando, después de demasiadas explicaciones sin consecuencias, deja de esperar ambas cosas. n

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