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La memoria vulnerable

La verdadera protección del patrimonio nace de un ejercicio de responsabilidad colectiva

La pérdida, el expolio o el simple deterioro del patrimonio histórico suele tratarse en los informativos como una fría crónica de sucesos. Nos indignamos durante unos minutos ante la pantalla, lamentamos la audacia de los ladrones o la tacañería de los presupuestos institucionales, y cambiamos de canal. Sin embargo, detrás de cada vitrina forzada, de cada ventana resquebrajada o de cada yacimiento abandonado a su suerte se esconde una verdad incómoda que nos negamos a asimilar: destruir el patrimonio no es robarnos el pasado sino amputarnos el presente.

Existe un error de concepto en la forma en que entendemos la herencia cultural. Tendemos a percibir las joyas milenarias, las catedrales o los lienzos antiguos como objetos de propiedad pública o, peor aún, como meros reclamos turísticos destinados a generar ingresos. Los vemos como algo ajeno, como una propiedad del Estado o un fetiche para arqueólogos y eruditos. Nada más lejos de la realidad. El patrimonio no pertenece a los museos que lo custodian, ni a los gobiernos que lo financian. El patrimonio somos todos nosotros. Cada pieza de oro forjada hace tres milenios, cada piedra tallada por nuestros antepasados o cada manuscrito salvado de la hoguera es el hilo conductor de nuestra propia biografía colectiva. Es la respuesta a las preguntas que el ser humano se ha hecho desde los orígenes de la vida. Por eso, cuando permitimos que ese hilo se rompa, ya sea por la actuación de bandas organizadas o por la asfixiante apatía de las administraciones a la hora de facilitar los recursos para el correcto funcionamiento de las instituciones que lo custodian, nos volvemos un poco más huérfanos, un poco más ignorantes y mucho más manipulables.

Proteger el patrimonio no es una tarea que empiece y termine en la contratación de guardias de seguridad o en la instalación de vitrinas blindadas. Esas son solo las costuras de un remedio que llega tarde. La verdadera protección nace de un ejercicio de responsabilidad civil colectiva. Nace en las escuelas, cuando enseñamos que el valor de una pieza arqueológica reside en su capacidad de contarnos una historia y no en su peso en el mercado negro. Nace en el ciudadano que respeta su entorno y exige que sus impuestos se destinen a la cultura con la misma urgencia que a las carreteras.

Los grandes museos de las principales capitales del mundo albergan tesoros inimaginables, pero los museos locales custodian también el alma de sus gentes. Así, en ciudades como Villena, el museo no es un simple lugar de paso para turistas, sino que es el orgullo de toda la comunidad tal y como lo es el tesoro milenario que custodiaba. Por eso, cuando un pueblo es incapaz de defender los tesoros que explican su existencia, firma su propia sentencia de amnesia. Custodiar nuestra herencia es un acto de legítima defensa porque cada vez que una de estas piezas desaparece, los delincuentes no se están llevando simplemente oro, plata o piedras preciosas, sino que nos están arrancando un fragmento de nuestra propia historia.

Es imprescindible cuidar lo que fuimos, ya que es el único espejo que nos queda para saber quiénes somos. Por eso se hace necesario recordar que, cuando un museo pequeño sufre un expolio o cierra sus puertas por falta de fondos, se apaga una luz en nuestra historia y sirve como un recordatorio de que el patrimonio es tan eterno como frágil.

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