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LOLA DE TORO

La anómala normalidad

Reflexiones sobre la presión social por encajar y las paradojas de la inclusión al modo actual

Si por algo el período estival me incomoda, aparte del calor y los arácnidos e insectos varios, es que al hallar mi mente algunos tiempos muertos, se dedica a llenarlos sin mi permiso con interrogantes que no me traen más que quebraderos de cabeza.

A modo de ejemplo, no dejo de hacerme una pregunta a la que cada respuesta que encuentro es más problemática.

Si se trata de "normalizar" cualquier tendencia sexual, religión, origen, indumentaria o color de piel, ¿por qué cuando afirmo ser "normal" ante quienes exigen esa normalización se me tacha de fascista, xenófoba o racista?

No lo comprendo. ¿Es que entienden que si me defino como "normal" estoy calificando como "no normales" a los que no comparten conmigo religión, nacionalidad, atuendo u orientación sexual?

Si esa es su interpretación. Cuando se consiga normalizar al colectivo Lgtbiq, al migrante, al oriental, al árabe, al indio, al gitano. Cuando esté aceptado y normalizado ser hinduista, budista, judío o testigo de jehová. Cuando lo normal sea ir vestido con sari, con tzniut, con hiyab, niyab o burka, ¿seré considerada normal o se me declarará rara o excéntrica?

¿Debo cambiar mi forma de pensar, vestir, orar, comer… dejar de ser "normal" y así ser aceptada por el grupo para luego reclamar mi normalización?

A mis años, he hecho más que sobrados esfuerzos para adaptarme a los avances tecnológicos; por aceptar cambios sociales totalmente divergentes a las directrices educativas recibidas, no me pongan trabalenguas ni zancadillas lingüísticas.

Para mí -y no ahora que es progresista ser inclusivo con perro o gato, sino cuando Cuelgamuros era Valle de los Caídos-si un docente tenía que educar a mis hijos, un pediatra curarles o un juez dictarme sentencia, lo único que me importaba era su calidad humana y profesional. Su creencia, orientación sexual o color y adornos de su ropa interior me la traían al pairo.

La normalidad no es sino respetar al otro, tratarle como igual y nunca, nunca, pretender imponerle tus costumbres, tus credos, ni las normas que esos credos y costumbres a ti te dicten y tú estés dispuesto a soportar. Sí, digo bien, soportar. Nadie se pone cilicios o burkas por decisión propia no inducida por el miedo o el castigo.

Soy normal, soy mujer, soy heterosexual, soy católica practicante sin excesos, inclusiva en ambas direcciones (donde fueres has lo que vieres), y feminista ante cualquier energúmeno que agreda o abuse de una niña o de una mujer, aunque el energúmeno se vista de vulnerable.

Descatalogadme si queréis, pero seré la descatalogada más libre y políticamente incorrecta. O impertinente, que diría mi padre.

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