Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Un amante de la política

Antonio Landeta siempre estuvo muy presente en la Junta General del Principado. Incluso en los últimos años de su vida seguía acercándose a la que siempre sintió como su casa, interesado por sus debates y por la actualidad parlamentaria. En una visita en 2023 quiso destacar algo muy concreto: el "mantenimiento del decoro parlamentario" en Asturias frente a la tensión que observaba en otras instituciones. Creo que esa escena dice mucho de Antonio.

Porque Antonio Landeta amaba la política. No solo la ejerció durante muchos años; nunca la abandonó del todo. Seguía los debates, permanecía atento a la actualidad y, sobre todo, seguía preocupado por Asturias. Tenía esa vocación auténtica que hace que la política no sea simplemente una etapa profesional, sino una forma de comprometerse con la sociedad.

Y la entendía, además, de una determinada manera.

En 2012, en un encuentro de expresidentes de la Cámara, dejó una frase que hoy merece ser recordada: "Toda la vida entendí que el parlamentario debe ser valorado y dar un ejemplo". Hablaba de la dignidad de la representación y de la responsabilidad que asume quien recibe la confianza de sus vecinos para representarlos.

Antonio pertenecía a una generación de políticos que tuvo que construir y consolidar muchas de las instituciones democráticas que hoy damos por hechas. Fue concejal de Oviedo en las primeras elecciones municipales democráticas, diputado autonómico durante catorce años, presidente de la Junta General entre 1987 y 1991 y después diputado en el Congreso. Pero más importante que enumerar sus cargos es recordar cómo entendía su ejercicio.

Era un moderado. Un hombre cordial y respetuoso, con convicciones firmes, pero sin necesidad de convertir al adversario en enemigo.

Hay una historia que le gustaba recordar y que probablemente resume como ninguna otra aquella forma de hacer política. Antonio contaba, con orgullo y cierta ironía, que había llegado a la Presidencia de la Junta gracias también al voto de los comunistas. En 1987, su elección fue fruto de un acuerdo entre Alianza Popular, el CDS e Izquierda Unida: fuerzas políticas profundamente distintas que fueron capaces de entenderse.

Vista desde la política de hoy, aquella fotografía casi sorprende. Pero no debería.

La democracia consiste precisamente en eso: en defender con firmeza aquello en lo que uno cree y saber, al mismo tiempo, que existen espacios en los que hay que entenderse. No se trata de renunciar a las diferencias. Se trata de impedir que esas diferencias hagan imposible el respeto, el diálogo o los acuerdos cuando el interés general los exige. Y eso Antonio lo sabía bien.

Perteneció a una generación que entendió algo que quizá estamos perdiendo: que las instituciones son más importantes que quienes temporalmente las ocupamos y que el adversario de hoy puede ser el compañero de un acuerdo mañana. De eso podemos aprender todos.

Quienes estamos hoy en el Partido Popular de Asturias tenemos, además, una deuda de gratitud con quienes, como Antonio, estuvieron en los primeros pasos de nuestro espacio político. Ingresó en Alianza Popular en 1977 y contribuyó durante décadas a construir y consolidar nuestro partido en Asturias.

Al despedirle, prefiero quedarme no solo con el presidente de la Junta, el diputado o el abogado. Me quedo con aquel hombre que, muchos años después de abandonar la primera línea, seguía entrando en el Parlamento asturiano, pendiente de sus debates, preocupado por su decoro y todavía apasionado por la política.

Con Antonio Landeta se va una figura importante de la historia política de nuestra tierra. Nos queda algo que hoy necesitamos especialmente: su manera de entender la política desde las convicciones, pero también desde la moderación, el respeto y la capacidad de acuerdo.

Descanse en paz.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents