Opinión
Dos estrellas (no Michelin) en la mesa
Joan Crawford y Vincent Price practicaron con devoción la cocina en un tiempo en que el star system de Hollywood ya vivía obsesionado con las dietas y el culto a la silueta

Dos estrellas (no Michelin) en la mesa
No es la primera vez que destripo historias del cine relacionadas con la comida. Aunque no siempre del viejo Hollywood, donde había una obsesión por la dieta y muchas estrellas preferían compensar el gasto calórico de las bebidas alcohólicas que consumían, comiendo poco y mal. Un ejemplo de equilibrio excepcional estuvo probablemente en Joan Crawford, nacida Lucille Fay Le Sueur: la mujer había pasado media vida interpretando personajes dominantes y encontraba en la cocina un territorio donde el control no era una pose sino una necesidad. Resulta difícil imaginar a la imponente Crawford, reina de melodramas y dueña de una mirada capaz de congelar un estudio entero, removiendo una salsa o calculando el tiempo de cocción de un guiso o de un asado. Sin embargo, quienes la conocieron aseguraron que pasaba largas horas en la cocina. No era una afición pasajera ni un capricho de estrella. Cocinaba con auténtica pasión y llegó a publicar varios recetarios. En ellos aparecía una mujer muy distinta a la que el público contemplaba en la pantalla: práctica, detallista y obsesionada con que sus invitados abandonaran la mesa satisfechos. Uno imagina una cena en su casa de Beverly Hills como la mezcla entre una reunión diplomática y un ensayo general de los Oscar. Todo debía estar perfectamente organizado. La servilleta en su sitio, el pollo en su punto y los invitados convenientemente impresionados. Crawford, parece ser, entendía la cocina como el cine, en ella no había espacio para la improvisación. Era una mujer extremadamente disciplinada. Su famosa austeridad física y su obsesión por el control –la dieta, el ejercicio, el aspecto personal, la organización doméstica– hacen todavía más interesante su relación con la comida. Tampoco era una gourmand despreocupada: cocinar tenía, para ella, algo de método, disciplina y dominio. Crawford estaba asociada a una época de Hollywood en la que las actrices vigilaban obsesivamente el peso. Sin embargo, disfrutaba de cocinar para otros. La comida podía ser simultáneamente placer, tentación y objeto de control.
Si proseguimos ruta culinaria por Hollywood, la siguiente parada nos llevaría inevitablemente hasta un personaje aún más fascinante: Vincent Price. De Price ya he escrito, creo recordar, en otra ocasión hace años y bajo este mismo epígrafe. Para generaciones enteras fue el rostro del terror elegante, el hombre que parecía capaz de anunciar el fin del mundo con una sonrisa cortés. Sin embargo, detrás de aquella voz inconfundible se escondía un gastrónomo entusiasta. Price no solo cocinaba; escribía sobre comida con verdadero conocimiento. Junto a su esposa publicó libros gastronómicos y desarrolló una cultura culinaria extraordinaria. Era un viajero incansable del paladar. Mientras otros actores regresaban de Europa cargados de recuerdos turísticos, él volvía con ideas para nuevas recetas, quesos desconocidos y vinos que había descubierto en pequeños bistros franceses. Imaginar a Vincent Price seleccionando especias en un mercado de Lyon, por ejemplo, tiene algo de escena perdida de cualquier película suya. El comerciante le ofrece la prueba de una mostaza artesanal y Price, con su voz profunda, comenta las virtudes del producto como si estuviera describiendo una antigua maldición egipcia. La gastronomía, además, le permitía ejercer la curiosidad, una de sus grandes virtudes. Mientras Hollywood vivía obsesionado con la juventud eterna, Price parecía mucho más interesado en averiguar cómo preparaban boeuf bourguignon o qué hierbas aromáticas utilizaban los cocineros italianos para uno de sus platos.
La relación entre Hollywood y la gastronomía revela una verdad curiosa. Mientras los estudios construían imágenes de perfección inalcanzable, muchas estrellas encontraban placer en actividades profundamente terrenales. Pelar cebollas no entiende de premios Oscar. Un suflé puede hundirse sin importar cuántos millones haya recaudado tu última película. Quizá por eso la cocina ejercía una atracción tan poderosa. Era uno de los pocos lugares donde la fama carecía de importancia. La salsa se le corta igual a una estrella que al empleado de una ferretería. El horno no concede privilegios. Además, cocinar permitía viajar sin abandonar la casa. Cada receta era una pequeña expedición. Un curry evocaba la India; una bouillabaisse transportaba al Mediterráneo; un estofado recordaba la campiña inglesa. Para intérpretes acostumbrados a recorrer el mundo, la cocina ofrecía una nueva forma de turismo consistente en el viaje a través del gusto. En cierto modo, estos actores eran exploradores gastronómicos. Crawford buscaba la perfección doméstica. Price perseguía sabores exóticos con entusiasmo casi académico. Cada uno encontraba en la comida algo que Hollywood no podía proporcionar. Mientras la historia del cine recuerda sus interpretaciones memorables, los amantes de la gastronomía pueden imaginar otro escenario menos conocido, el de Joan Crawford vigilando un horno con la misma intensidad con la que dominaba una escena, o el de Vincent Price buscando el queso perfecto en un mercado europeo. Fueron dos estrellas que, al apagarse los focos, descubrían que la mejor representación del día comenzaba alrededor de una mesa bien servida. En el caso de Crawford, con permiso de la silueta que para sí celosamente preservaba la inolvidable intérprete de "Alma en suplicio". En cuanto a Price, a tumba abierta.
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