Opinión
'Gobernar sin puentes y tener swing', el análisis de la semana política de Vicente Montes

'Gobernar sin puentes y tener swing', el análisis de la semana política de Vicente Montes
Nada corre más rápido que un rumor. Ni siquiera el AVE puede alcanzarlo. Mucho menos los vehículos que sortean conos y obras en el Huerna. No digamos los trenes de cercanías. Este verano, alguien vio a Óscar Puente jugar al golf en Llanes. Se le supuso allí, entre veraneantes, tomándose su cervecita en una terraza, alojado en una casa de amigos de su pareja, metiéndose de lleno en el feudo de Adrián Barbón. Lo fantástico de los rumores es que siempre vuelven enriquecidos con detalles cada vez más precisos. No hay ninguna constatación oficial ni oficiosa de que Puente estuviese en Asturias. La propia suposición ya fue bastante para desatar un par de síncopes.
Hace tiempo escribíamos que el Gobierno de Adrián Barbón había quemado las naves en el Huerna y dinamitado después los puentes con Madrid. La elección de la expresión era consciente, porque el diálogo con el ministro de Transportes no es que no exista, es que resulta inconcebible siquiera a estas alturas. Plantear que Ferraz pueda ser un interlocutor intermedio implica suponer que Ferraz conserva alguna entidad propia entre Moncloa y el partido. Hubo tiempos en que era así. No parecen estos.
Desde la demolición de los puentes con Puente, las cosas no han mejorado. Transportes ha llegado a personarse (por razones técnicas) en el expediente abierto por el Principado contra Aucalsa por cobrar íntegro el peaje en una autopista sometida a obras y restricciones. La parte socialista del Ejecutivo no pudo evitar que el ala de IU saliese calificando de belicosa la respuesta ministerial. Dan igual los matices porque, en un gobierno de coalición, tanto montan ambas partes. En Madrid estas cosas también se apuntan: no solo cuenta lo que dice el PSOE asturiano, sino los goles por la escuadra que deja marcar al ala que dirige Ovidio Zapico. Belicosa es una palabra fea entre desconocidos y bastante peor entre compañeros.
Quedan nueve meses para las elecciones autonómicas y, aunque desde hace tiempo algunos sectores del PSOE asturiano sostienen que hay que enderezar los caminos con el Gobierno central, cabe preguntarse si los puentes que han saltado por los aires se han roto por accidente o si interesa siquiera reconstruirlos. Adrián Barbón tiene dos problemas distintos que resolver de aquí a los comicios autonómicos de mayo. Uno se llama Asturias. El otro se llama Pedro Sánchez. El primero exige gobernar. El segundo, lograr que en mayo los asturianos crean que el voto en las urnas no tiene nada que ver con lo que pasa en Madrid.
Esta no es una historia nueva. Ya en 2023 Barbón basó su campaña en una suerte de desconexión controlada: "Llegó el momento de Asturias". Mientras buena parte del socialismo autonómico español era arrasado, aquí funcionó la marca personal. Cuando cae un chaparrón en todo el país, lo mejor es cerrar las ventanas de casa. Y ahora tormentas no faltan.
Aunque el Gobierno socialista se esmera en afirmar que el diálogo con Moncloa o adláteres es constante, la reiteración ya se convierte en caricatura. No hay duda de que los teléfonos funcionan para lo básico de la maquinaria administrativa, pero de lo que aquí se habla es de otra cosa: de que alguien descuelgue cuando hay que hablar de algo importante. No hay puentes, ni siquiera un árbol caído sobre el que cruzar haciendo equilibrios.
Una de las principales claves para olisquear lo que pueda pasar en mayo de 2027 estará en el calendario que nadie conoce. Pero tampoco nadie sabe si unas elecciones generales alivian más los problemas si son antes o después de la cita autonómica y municipal. Sea como sea, Barbón lleva años diciendo prácticamente lo mismo, porque ya tiene claro que cada vez que discute con Madrid Álvaro Queipo dedica horas a pensar el modo de llamarlo delegado de Sánchez.
Los meses hasta las elecciones autonómicas se harán largos. Falta todo un embarazo y ya se han elegido padrinos y madrinas. Los puestos en las listas se reparten como quien sortea viajes en un tiovivo. Lo mismo se le busca un sitio a un dirigente sindical ugetista que a un alcalde necesitado de válvula de escape.
Mientras Barbón juega a ser barón —aquel título nobiliario del socialismo territorial que el sanchismo vació de privilegios, con la excepción de la aldea gala manchega—, la incertidumbre va más allá de las elecciones. El postsanchismo es una asignatura tan fantasiosa como la futurología, igual que un máster en quinielas antes de que haya partido. Pero Óscar Puente ya ha enseñado un poco sus cartas. ¿Y si fuera él? ¿Dónde estaría la FSA?
Por eso, cuando alguien creyó ver a Óscar Puente una mañana de agosto con el palo zurrándole a la bola en el hoyo sexto, probablemente pensó: "Ya está aquí". Pero nunca estuvo. O eso dicen.
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