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La mejor Universidad posible para Asturias, pública y privada

La región debería aprovechar este momento para dar la batalla por la excelencia: cualquier institución académica sin una docencia ejemplar e investigación aplicada tiene poco que hacer

El patio del edificio histórico de la Universidad de Oviedo, durante la apertura de un curso académico

El patio del edificio histórico de la Universidad de Oviedo, durante la apertura de un curso académico / Miki López

La educación es la clave para el progreso de cualquier sociedad. La dificultad para formarse un criterio propio y la pérdida de sentido crítico nacen del fracaso del sistema educativo. Sin una enseñanza de calidad no hay futuro y el margen para la prosperidad se estrecha. Contar con las mejores universidades posibles, públicas y privadas, constituye una obligación para el Principado.

Asturias va a iniciar en dos semanas el curso que abre la puerta a las universidades privadas. La región pone fin así a una excepción difícil de mantener. Usar esta circunstancia para cavar una trinchera entre el interés general y la iniciativa particular son ganas de retroceder en el túnel del tiempo para enredarse en polémicas estériles. Rectores y exrectores asturianos con largas trayectorias en las aulas y en la gerencia coinciden en que solo existen dos tipos de centros de enseñanza, los buenos y los malos. Los define la calidad, no sus administradores.

El carácter privado no convierte a una Universidad en extraordinaria. El sello público tampoco la blinda frente a la ramplonería. Tan dañino sería encerrarse en una defensa numantina y confortable de lo público como pensar que abrirse a la competencia resolverá cualquier cosa por arte de magia. Las nuevas facultades que va a estrenar Asturias también darán problemas si su labor deriva en una pedrea de títulos de escaso valor y pobre rendimiento.

Lo deseable sería aprovechar este momento para dar la batalla en favor de la excelencia. Tiene poco que ofrecer cualquier institución académica que no exhiba fortaleza, espíritu de apertura y exigencia y que no aspire a una docencia ejemplar, a desarrollar la investigación aplicada y a conseguir un fuerte impacto social.

Sin complacencias

La mejor forma de proteger la Universidad asturiana pasa por reconocer y afrontar sus problemas. Sin complacencias. Aunque los rankings no cuenten la verdad completa, que la de Oviedo siga figurando en el de Shanghái entre las mil primeras del mundo merece reconocimiento. Otras españolas acaban de desaparecer de la lista.

Quienes consideren estas clasificaciones discutibles y sesgadas tampoco pueden obviar la señal de alerta sobre la pérdida de impulso que supone la caída de la institución ovetense desde la zona media al vagón de cola. Seguir haciendo lo mismo, cuando otros países como los asiáticos entran con fuerza en la carrera, significa retroceder. El tablero actual penaliza a quien se duerme.

La Universidad justifica el retroceso por la jubilación de científicos de peso. En la transmisión del saber, expulsar del sistema por edad a profesores capaces aún de investigar, publicar, liderar equipos y mantener proyección internacional dilapida un valioso capital intelectual.

El talento joven existe, con científicos que logran milagros a pesar de la limitación de recursos y las trabas

El talento joven dispuesto a encabezar el relevo generacional existe. Científicos que logran milagros a pesar de la limitación de recursos y las trabas. Abrir paso a la cantera requiere de una estrategia consistente y constante de apoyos estables y suficientes. En un sistema inflexible y nada estimulante, la burocracia retrasa meses la renovación de contratos –precarios la mayoría– y el acceso a proyectos. Algunos avances no precisan de grandes inversiones: basta con otra cultura de gestión.

Asturias tiene pendiente una discusión serena sobre sus estudios superiores. En la transferencia de resultados, la colaboración con empresas y administraciones y la agilidad para atraer talento se avanza a velocidad reducida. El factor esencial hacia la igualdad, la cohesión, el progreso y el ascenso social emana del conocimiento. Solo ambicionando la perfección, y no protegiendo la mediocridad, la región encontrará respuestas a la altura de los desafíos que le aguardan.

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