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El gato y el ratón

La estampa se ha repetido durante todo el verano numerosas veces al día. Los manteros colocan sus tenderetes en el paseo del puerto. Apenas vislumbran la presencia de la policía en la distancia, recogen el hato a gran velocidad, y huyen en dirección opuesta. Los he visto cruzar la carretera buscando la Explanada esquivando un tráfico terrible.

La maniobra sirve de bien poco puesto que la imagen vuelve a repetirse a los pocos minutos. Tuve la paciencia de pasarme una noche asistiendo como espectador a este juego del ratón y el gato. Parece mentira hasta dónde llega la paciencia de los subsaharianos. En un par de horas llegan a montar y desmontar su chiringuito portátil hasta una docena de veces. Les basta una sábana blanca que les sirve lo mismo de soporte para exhibir su muestrario de piezas (bolsos, accesorios, camisetas) como, al amontonar rápidamente la mercancía, de hatillo con el que cargar sobre los hombros para huir con facilidad.

Desde hace años asisto con extrañeza a este ritual. Si la policía realmente los quisiera detener, obraría en consecuencia. Basta con que fuesen de paisano para que, como yo mismo, intercambiasen opiniones con ellos, les saludaran y hasta lograsen tomar confianza con aquellos que salen pitando al menor indicio de que las fuerzas del orden merodean en un radio de cien metros.

Por su parte, el coche de la policía se muestra parsimonioso en exceso. A veces se detiene, y sus agentes charlan amistosamente fuera del vehículo. Otras veces avanzan a una velocidad mínima para no molestar a los viandantes, en un paseo siempre abarrotado. ¿Hasta cuándo seguirán jugando al gato y al ratón? ¿Qué sentido tiene continuar con este ritual que, a la postre, no tiene maldita la gracia? Cada vez hay más cosas de este mundo que no entiendo.

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