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De nuevo, el Desastre

En Ceuta, las expulsiones siguen atascadas, el deterioro social se hace cada vez más visible y la sensación de abandono crece en una ciudad española situada a escasos kilómetros de otro país y a demasiados de la atención del Gobierno que, además, ha priorizado sus vacaciones frente al grave problema de una invasión masiva sin resolver. Ante semejante desastre, Pedro Sánchez ha encontrado una distracción pintoresca: la de reprochar al Rey que no haya visitado Ceuta en veinte años. Se trata de una manera muy española de afrontar una emergencia: discutir quién debería haber aparecido en la fotografía mientras se aplaza indefinidamente la autorización para que el jefe del Estado viaje allí. Una insinuación propia de la clase de sujeto que tenemos al volante.

Pero más preocupante resulta la indulgencia con Marruecos, que debería en todo caso pagar una parte importante de la factura. Tras una invasión que puso a prueba la frontera y la capacidad del Estado para protegerla, cuesta entender que el Gobierno parezca empeñado en exonerar políticamente a Rabat de cualquier responsabilidad. Si la estrategia marroquí consiste en utilizar la seguridad de las fronteras africanas como palanca de presión mientras mantiene sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, España debería responder con firmeza, no con una pedagogía de la resignación o una complicidad obligada por motivos secretos que probablemente asustarían.

Mientras tanto, empieza a instalarse la sospecha peligrosa de que alguien en el círculo monclovita del poder esté pensando que estas ciudades son españolas, sí, pero que algún día habrá que cansarse de defenderlas. La misma lógica del desgaste que puede acabar convirtiendo una soberanía indiscutida en un problema del que conviene desprenderse. Algo parecido ocurrió con el Sáhara: primero fue un conflicto; después, una molestia; finalmente, una cuestión de la que convenía pasar página. Sería otra derrota política y moral comparable a las de nuestros grandes desastres africanos.

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