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Liturgias de la amistad

Los ortodoxos preservan liturgias que nosotros hemos olvidado. Lo explicó el filósofo y matemático ruso Pavel Florenski a principios del siglo XX. Dos hombres están de pie en una iglesia. El sacerdote rezará por ellos, les hace beber del mismo cáliz y les invita a darse el beso de la paz. Cuando salen del templo, se han convertido en hermanos y se han jurado lealtad eterna. El rito tiene un nombre en griego: adelfopoiesis (hacerse hermanos) y otro en la lengua eslava de los Balcanes: pobratimstvo (hermanamiento).

La amistad y la familia eran las dos referencias fiables con las que contaban las sociedades feudales. Nosotros hemos hecho el camino inverso: aquello que pertenecía al entorno íntimo lo hemos transferido al poder político, ya sea la vida o la muerte, la educación o la sanidad, la seguridad en las calles o la regulación del trabajo y del desempleo, y así un largo etcétera. Si bien, en contra de los que afirman que el futuro de la humanidad está destinado a una especie de anarcocapitalismo como el que preconiza Javier Milei en la Argentina o alguno de los señores de Silicon Valley, el papel creciente de la tecnología en nuestras vidas parece apuntar en la dirección contraria. Hace unos días, el CEO de ChatGPT nos explicaba que la IA dispone de un perfil escrito de cada uno de nosotros. De ahí a decidir cómo tienen que dirigir nuestras emociones y nuestras tendencias políticas hay un solo paso. En las próximas décadas veremos cambios extraordinarios en este campo.

Lo que se ha perdido por el camino es el vínculo con los amigos y con la familia, dos ámbitos privilegiados donde se despliega el amor. La pertenencia es una necesidad básica y, al ir desmoronándose, se suple con algunos sucedáneos más o menos ideológicos o abstractos, alojados en nuestra imaginación antes que en la propia realidad. La ficción de las identidades cerradas que últimamente se ha ido imponiendo entre nosotros nace de esta crisis de la amistad: sustituimos las relaciones concretas por otras imaginarias. Basta con disponer de un adversario común. En este sentido, las redes sociales son auténticos enjambres de odio compartido.

Por supuesto, se dirá que los Balcanes que celebraban el pobratimstvo cayeron en una guerra de limpieza étnica. Sin ceder a la nostalgia o a la idealización, debemos aprender del pasado. La amistad es buena cuando ayuda a derribar fronteras y peligrosa cuando las refuerza, tal como sucede con la memoria histórica. San Agustín nos recuerda que, si queremos conocer a alguien, conviene empezar por la amistad. Solo ella nos abre las puertas de la comprensión mutua y nos liga a una realidad más grande que nosotros mismos.

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