Suscríbete La Nueva España

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Colunga une a Carlos V y a Grande Covián

La casa del médico y científico fallecido en 1995, en la que vive su hija Gloria, guarda la cama en la que durmió el emperador tras su llegada a Asturias

En el punto del que parte la calle Francisco Grande Covián, en el centro de Colunga, la casa en la que nació el científico atesora trozos de la historia moderna y también de la contemporánea. Puertas adentro, los recuerdos del padre de la nutrición, fallecido en 1995, conviven con un mueble insólito, la cama en la que durmió Carlos V cuando estuvo en la villa colunguesa.

Gloria Grande es la hija del médico colungués y cuenta que el lecho real era, como le contaba su abuela, "la cama más antigua de las que hay en la casa, que son muchas". Las crónicas de la época cuentan que el monarca pernoctó en Colunga la noche del miércoles 23 de septiembre de 1517, adonde llegó procedente de Villaviciosa. Al día siguiente se marchó, escribiendo un capítulo destacable de la historia local y después de descansar en una cama que conserva el escudo familiar tallado en la cabecera pero que es de un tamaño menor del que la imaginación podría suponerle ahora a un emperador.

La casa perteneció a la familia de la abuela paterna de Gloria, María Covián, casada con Emilio Grande del Riego, médico en Colunga. La pareja tuvo seis hijos, entre los que hubo ingenieros agrónomos, juristas y médicos. El que mayor fama alcanzó fue Francisco Grande Covián, una persona "bondadosa, inteligente y muy amena", como le describe su hija casi veinte años después de su fallecimiento, en 1995.

Tras estudiar en Colunga los primeros años y en Oviedo después, el colungués se formó como médico en la facultad de San Carlos de Madrid, donde conoció al Premio Nobel de Fisiología y Medicina Severo Ochoa, también asturiano. Grande vivía en la Residencia de Estudiantes, en la que tuvo relación con otra importante figura, en este caso de la poesía, Federico García Lorca, y asistió a una conferencia de la dos veces Premio Nobel Marie Curie. "Fue una época estupenda, disfrutó muchísimo", relata Gloria Grande como anticipo de la vida próspera y feliz que llevó el médico que cambiaría para siempre la forma de ver la nutrición.

Más conocido por su labor investigadora, Grande Covián fue "clave" durante la Guerra Civil. "Vio el problema de nutrición que había en la población de Madrid y suministraba vitamina C y ácido nicotínico, que él había sintetizado. Ayudó mucho", añade Gloria Grande. En aquel tiempo publicó algunos estudios sobre aquellos trabajos y viajó a Suecia, Gran Bretaña y Alemania, entre otros estados, una labor que llamó la atención del doctor Keys Ancell, su puerta a la investigación en Estados Unidos. El americano viajó antes a Colunga y conoció a la familia de Grande Covián y a su regreso a Minnesota comenzó a arreglar los papeles para que el colungués pudiera viajar a su país, una tarea nada fácil debido a la escasa cuota que había para españoles.

Entonces ya estaba casado con Gloria Mingo y tenían dos hijos, con los que desembarcaron en Nueva York dispuestos a comenzar su vida americana. "Recuerdo que fue un viaje de casi tres días en tren hasta llegar a Minneapolis, donde nos recibieron el doctor Keys y su mujer un cuatro de enero", relata la hija. Tenía seis años y confiesa que lo que más le impresionó, además de la casa del científico americano, fue ir a hacer la compra al primer supermercado que veía en su vida, en el año 1954. Grande Covián tuvo entonces "muchas facilidades, y decidió quedarse", continúa Gloria antes de apuntar que poco después pasó a dirigir el laboratorio de investigación del hospital Monte Sinaí, una labor que compaginó con su trabajo en la universidad. El médico y nutricionista "fue muy feliz en Estados Unidos", donde además diseñó la dieta para los astronautas y para el ejército americano y continuó relacionándose con figuras muy relevantes, como Alexander Fleming, el primero en observar los efectos antibióticos de la penicilina.

El colungués fue, además, un humanista en toda regla a quien "interesaba todo", desde la historia hasta la música pasando, por supuesto, por su trabajo. Después de dos décadas muy intensas profesionalmente, Grande Covián se jubiló y regresó a España, en concreto a Zaragoza, en cuya universidad se instaló como profesor emérito y al frente de un laboratorio. Allí también creó escuela con alumnos tan destacados como José María Ordovás y volvió a disfrutar de los veranos en Asturias, que siempre inauguraba en los cursos de La Granda, invitado por Teodoro López Cuesta. Pero no todo era trabajar en Colunga, sino que a Grande Covián "le gustaba ir a tomar sidra a Coceña, aunque escanciaba regular", bromea su hija antes de añadir que también gozaba de visitar a amigos y de acompañar a sus nietos a la playa.

Trabajador incansable, no se jubiló hasta finales de mayo de 1995, sólo un mes antes de fallecer, cuando le nombraron Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Madrid y todavía impartió su conferencia sin papeles. Este es sólo uno de los muchos reconocimientos que le han sido otorgados al colungués, que también recibió la condecoración de Alfonso X El Sabio y cuyo nombre figura en calles de Colunga, Madrid y Teruel, además de en el hospital del Oriente, en Arriondas. Su despacho de la vía colunguesa permanece como si acabara de estar allí y uno puede imaginarse, sin mucha dificultad, el hombre afable y filántropo que vivió tras los ojos vivarachos de los retratos.

Compartir el artículo

stats