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Las últimas de la deshoja del maíz

Mujeres de Peñamellera Baja mantienen la tradición de un trabajo duro: “Antes las panojas subían hasta el primer piso”

Arriba, mujeres en plena faena. Abajo, por la izquierda, Charo San Román, Angelina Fernández, Mari Pili San Román y Maríate Llano. | E. S. R.

Arriba, mujeres en plena faena. Abajo, por la izquierda, Charo San Román, Angelina Fernández, Mari Pili San Román y Maríate Llano. | E. S. R.

Son las mujeres de la última generación que deshoja el maíz en Peñamellera Baja. Las mismas que crecieron trabajando y conocieron el mundo a través del esfuerzo. Manolita Gómez, Carmina Cordero, Trini Campillo, María Teresa Llano, Mari Pili San Román, Angelina Fernández, Charo San Román y Lolina Gómez se juntaron,

Las últimas de la deshoja del maíz

Las últimas de la deshoja del maíz

Son las mujeres de la última generación que deshoja el maíz en Peñamellera Baja. Las mismas que crecieron trabajando y conocieron el mundo a través del esfuerzo. Manolita Gómez, Carmina Cordero, Trini Campillo, María Teresa Llano, Mari Pili San Román, Angelina Fernández, Charo San Román y Lolina Gómez se juntaron, un año más, en el barrio de Padrunu, en Panes, para dar cuenta de la cosecha de maíz que cultiva en la vega de La Paraina, como antaño, Manolo Bueno. Echaron en falta a Panchi Dosal, que, dadas las circunstancias sanitarias, decidió ausentarse. Otros años animaba la tarde con recuerdos al tiempo que deshojaba sin descanso.

Porque estas mujeres aprendieron a no perder un segundo. A conocerse mientras daban buena cuenta de las labores de casa y del campo. Y lo aprendieron de “bien pequeñas”. Recordaban estos días, juntas en semicírculo y con una incómoda mascarilla de por medio, cuando veían “montones y montones de panojas en el portal de casa” que a veces no dejaban hueco a caminar y otras “subían hasta el primer piso”. Aquello, que hoy hacen por gusto, costumbre y tradición, no siempre fue así. Antaño era una tarea obligada que, además, “se hacía de noche”, una vez se acababa la jornada en el campo, dura ya de por sí: “Imagina estar todo el día trabajando al campo, cenar, fregar y tener que sentarte ahí hasta las tantas a quitar hojas a las panojas”, rememoraban. Pero no quedaba otro remedio porque el maíz era un sustento casi vital. Así, por inercia y con una rapidez pasmosa, como ahora, quitaban todas las hojas que cubren la mazorca, menos dos o tres, las más fuertes, para luego poder hacer la riestra donde el maíz secaba antes de llevarlo a la molienda. “Aquí lo llevábamos a La Comporta, donde Ricardo y Perfecta”, y de un poco más arriba, de Puente Llés, bajaban con cestos en la cabeza cargando hojas de castañar. En ellas echaban la mezcla de la harina para hacer la borona encima de un llar, quien lo tuviera. Los tucos servían de alimento a los animales y parte de la harina que no se consumía en casa también. E incluso a la hoja que quitaban se le daba salida: “Se escogían las mejores para secarlas y usarlas de relleno en los jergones”, que acababan siendo colchones.

La tarea, que ahora estas mujeres liquidan en poco más de dos horas, antes podría durar hasta un mes. Dependía del volumen de las plantaciones de cada vecino. Unos se trasladaban a casa de otros porque aquella, como casi todas las del campo, era una tarea colectiva en donde, en el final, estaba lo mejor: “Íbamos pensando en la sidra dulce y las castañas a las que nos convidaban los que hacían la deshoja”.

Ahora toman chocolate en casa de Lolina y Manolita cuando dan cuenta de la cosecha de veinte áreas de Manolo. Él sigue la tradición, aunque “ahora no haga falta como antes”. Cuando él lo deje, y ellas se cansen, en Peñamellera se habrá perdido una costumbre. Como tantas otras que se van con estas generaciones y que ya no volverán.

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