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La profunda huella de sor Ángela en el Congo

La religiosa de Peñamellera Baja ayuda desde 1988 a enfermos mentales en el país africano: “Mi vida tiene sentido por ello y soy feliz”

Sor Ángela, ante una vivienda tribal. | R. E. S. R.

Sor Ángela, ante una vivienda tribal. | R. E. S. R.

Ángela Gutiérrez Bada transmite paz con su mirada, sosiego con sus palabras y magia con sus gestos. Contagia calma y, sobre todo, bondad. Su paso por el mundo ha sido silencioso, pero dejará huella. Sus vecinos, y su familia, están orgullosos de ella y por eso recaban apoyos para que su labor sea reconocida como creen que se merece. Estos días concluye la búsqueda de firmas para refrendar su candidatura al Premio Princesa de la Concordia, que respaldan el Ayuntamiento de Peñamellera Baja y la Fundación El Pájaro Azul.

Presentan ante el jurado 32 años de trabajo sin descanso en favor de los enfermos mentales abandonados en la República Democrática del Congo. “Vivo con paz, dada de lleno a la misión, atenta a cada persona”, comenta la religiosa. “Mi vida tiene sentido por ello y soy feliz”, concluye. Y únicamente le hace sufrir “ver tanto sufrimiento, los enfermos, la situación del país que está llevando el pueblo a la muerte”, lamenta desde el corazón de África, donde los enfermos mentales son estigmatizados y excluidos de la sociedad. Ella trabaja para atajar eso, para reeducar a la sociedad y para darles valor y un hueco en el mundo a quienes sufren los prejuicios.

Sor Ángela, con un grupo de voluntarios e internos en Telema. | Reproducción E. S. R.

Sor Ángela, como todos la conocen, nació el 10 de mayo de 1946 en una pequeña aldea que guarda con mimo la Pica Peñamellera. Su pueblo, Bores, era entonces un lugar recóndito más poblado que en la actualidad. Un paraíso dentro del Valle Bajo en el que Ángela era la mayor de seis hermanos. Allí conoció el esfuerzo, el trabajo y el tesón. Y poco a poco fue hilando redes que la convirtieron en lo que es hoy. Al cumplir 18 años dejó el pueblo para viajar a París. Al cumplir los 20 entró en contacto con las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús donde, finalmente, se ordenó monja cuatro años más tarde. Trabajó durante un tiempo entre París y Marsella y en 1988 le encomendaron la misión de El Congo a donde viajó al año siguiente (para llegar a Kinshasa) de donde nunca ha querido irse y donde está dejando su impronta.

“Yo sigo animada”, asegura. “Y doy gracias a Dios porque me ha dado un corazón, manos y pies para amar y servir. Eso es muy importante para mí y a mis 74 años tener la salud que tengo es para dar gracias”, asume.

Sor Ángela en el Congo

Sor Ángela en el Congo

La religiosa ha pasado “momentos difíciles” en el tiempo del dictador Mobutu Sese y hasta la llegada del presidente Joseph Kabila, pero irse nunca fue una opción. “Lo vivimos con el pueblo” y se acostumbraron a ser parte de él, aun estando en guerra. “Fuimos llamadas para ocuparnos de la enfermedad mental y poner en marcha un centro, Telema, que nos costó un año de trabajo”, pero la acogida mereció la pena. Allí trabajan “tres hermanas de comunidad y seis jóvenes aspirantes, pero necesitamos personal porque sólo tenemos un doctor y dos enfermeros”, enumera. Aun así, nunca se doblega, “seguiremos al servicio del enfermo, con paz, amor y acogida” con el único objetivo de “ayudarles al máximo” porque el lema de esta religiosa es “amar y servir siempre es lo más importante”.

El día comienza allí a las cuatro y media de la mañana. “Queremos hacer mejor nuestra misión y ayudar así mejor al pueblo, la enfermedad mental aumenta a causa de la miseria y de la situación política. Por las calles cada día hay más gente y esto nos hace sufrir porque no podemos hacer más de lo que ya hacemos”, se lamenta. Desde el año 2000 han dejado dos salones en la comunidad con cinco camas “para acoger a mamás abandonadas con niños nacidos en las calles” para quienes buscan “madrinas europeas” con el único fin de que les ayuden a ir a la escuela. En lugares como Kinkole, además, “damos de comer y hacemos lo que podemos”.

Internos congoleños, con la asturiana. | Reproducción E. S. R.

Desde que en 1990 abrieron el centro Telema, el único que atendía a todos, también a los llegados desde Brazzaville o Angola, tuvieron que pasar unos cuantos años hasta que compraron un terreno en Kintambo “para construir un nuevo Telema” al que pusieron de nombre Matete. “Los usuarios aumentaban cada día, la guerra, la situación económica… El panorama social era peor cada vez y la necesidad y tratamientos mentales se hacían más necesarios aun”. Hoy atienden a 150 personas a diario y dos días por semana hacen electroencefalogramas.

Y desde septiembre de 2020 está en Kintambo, a una hora de Matete, donde ha empezado con un dispensario en el que intentan ayudar a “más gente cada día”. La idea “es poner en marcha un laboratorio, nos quedan salas libres y queremos hacer una parte del centro de psiquiatría y otra de medicina general”.

Sor Ángela enseña a coser a una niña en el taller ocupacional. | Reproducción E. S. R.

Sor Ángela enseña a coser a una niña en el taller ocupacional. | Reproducción E. S. R.

Pero mientras tanto, las ideas bullen y la religiosa de Peñamellera Baja sigue trabajando. Hace poco ha iniciado talleres ocupacionales con las máquinas de coser que donó el Ayuntamiento de su concejo natal. “Yo sigo en el taller como encargada, tenemos ya fijas a más de treinta personas y hay bastantes niños que antes debían de tenerlos encerrados, o en la calle, porque llegan al centro sin saber nada”. Con ellos no empiezan en el taller de costura, “empezamos con dibujos, cosas sencillas, no saben ni hablar”, describe. “A los que van más adelantados por las mañanas les enseñamos a hacer tareas y, por las tardes, ya las realizan en sus casas”. Son niños “creativos” a los que esta monja, y sus compañeras, intentan ayudarles a integrarse en la sociedad.

“Estamos en un mal momento, yo me siento hija de este pueblo y sufro y lucho con ellos. Estoy sola como europea desde hace muchos años, aunque somos en total quince hermanas en tres grupos de seis países diferentes” y todas, junto a la labor silenciosa de sor Ángela, intentan que el mundo, en el centro de África, sea mejor para los más desprotegidos.

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