DTO ANUAL 27,99€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

“La vacuna”, los versos actuales de hace un siglo

La familia de Joaquín Fernández, médico de Ribadedeva a inicios de la pasada centuria, halla un antiguo poema sobre la relevancia de inmunizarse

Joaquín María Fernández, junto a su mujer, Ana Rodríguez  Noriega, y su hija Mercedes,  en Colombres, en 1937..

Joaquín María Fernández, junto a su mujer, Ana Rodríguez Noriega, y su hija Mercedes, en Colombres, en 1937..

La filosofía, la poesía, la música, la prehistoria y la arqueología eran algunas de las pasiones de Joaquín María Fernández Álvarez, médico de Ribadedeva a principios del siglo XX. Todas las desarrolló con esmero, especialmente su amor por los versos. Y, al margen del que supuso el ejercicio de su profesión, dejó como legado algunas composiciones literarias. Hace tan solo unos meses, su nieto Ovidio y su bisnieta María Luisa descubrían uno de sus manuscritos, un poema en clave irónica, en asturiano, que lleva por título “La vacuna”.

“El médicu d’un llugar/dio un avisu á los vecinos/pa que á tos los rapacinos/ traxeren á vacunar.// Conociendo la iznorancia/ que reinaba entre la xente /explicoyos llargamente/la vacuna y su emportancia.//Pa convencelos meyor /dixoyos: hay que fixase / la orden de vacunase/ vino del gobernaor;/ órdenes que hay que atendeles, /siempre sin falta denguna, /tou el que no se vacuna /pué morrer de les virueles”. Son los primeros versos que el facultativo escribió para animar a la inmunización contra la viruela, una campaña desarrollada en la época y en la que él mismo participó.

Hace ya un siglo que este médico tuvo también que enfrentarse, desde Colombres, a la pandemia de gripe de 1918, durante la que se mostró especialmente solícito entre sus vecinos, tal como lo plasmó su compañero de profesión, el ovetense Melquiades Cabal, en el libro “Un siglo de medicina asturiana”. “Durante el tiempo que duró la epidemia, su capacidad de acción se incrementó considerablemente, además de atender como médico a las numerosas familias afectadas, ayudaba en otros menesteres (...) identificado con el sufrimiento ajeno que hacía suyo”, escribía Cabal acerca de la buena voluntad del doctor.

Esa aptitud y disposición para ejercer la medicina le valió la distinción de la Cruz de la Beneficencia, que su padre, José Fernández Guerra, también médico, había recibido décadas atrás. Sin embargo, su hijo Joaquín rechazó la condecoración por considerar que su único mérito había sido cumplir con su deber profesional. Así lo cuenta su nieto Ovidio Fernández, encargado de preservar la obra de su abuelo.

Estado actual de la vivienda en la que residió la familia en Colombres. | Á. F.

Nacido en 1874 en el Palacio de la Cogolla de Nava, Joaquín María Fernández estudió medicina entre Santiago de Compostela y Valladolid, terminando por obtener la especialidad en Ginecología en Madrid, donde fue ayudante del médico de la reina consorte María Cristina. Fue en la capital donde nació el primero de sus hijos, aunque tras pocos años allí, la familia volvió a Asturias para instalarse en Colombres.

Una vez en la localidad asturiana tuvo la oportunidad de desarrollar su afición por la arqueología de la mano de coetáneos como el Conde de la Vega del Sella, Eduardo Hernández-Pacheco, o el Padre Jesús Carballo. Con este último colaboró en el descubrimiento del que fue, en aquel momento, “el esqueleto humano más antiguo de España”, encontrado en Ribadedeva. Otro de los datos que acompañan su polifacética historia es el conocimiento del idioma alemán.

El gran apego a sus raíces asturianas sufrió un desgarro con la llegada de la Guerra Civil. En 1937, el médico de Ribadedeva emigró a Chile con su mujer, su cuñado y una de sus hijas. Llegaron a Francia en barco desde Ribadesella y una vez allí cruzaron el charco para, muy a su pesar, no volver nunca a su tierra. Después de un tiempo con la familia dispersa, cinco de sus siete hijos terminaron viviendo en Chile, donde Joaquín murió en 1946.

En el exilio no volvió a ejercer como médico, aunque tuvo alguna oferta. En la familia comentan que Íñigo Noriega, primo de su mujer e insigne indiano ribadevense, le ofreció ser médico personal de Porfirio Díaz, opción que el doctor terminó rechazando. Ya en su vejez, pese a los achaques, no dejó de escribir poemas en asturiano y siempre lamentó no poder volver a Asturias. Así lo demostró en sus últimos versos, un llanto que lleva por nombre ‘Esperances’: “Allá en un rinconín de la mio Asturies / non me había de faltar ¡que Dios lo quiera! /un sucu en la campera p'asentarme /y algún castañal que sombra déa. //Allí nin envidiau nin envidiosu /tranquila la mio alma, en paz con la conciencia /y arrodiau del cariñu de los mios /dichosu esperaré la hora postrera”.

Su bisnieta, María Luisa Fernández, leía sorprendida estos versos escritos en asturiano en Ribadedeva. Los descendientes de este médico poeta coinciden en apuntar que el tema abordado en “La vacuna” cobra relevancia además en este tiempo de pandemia por el coronavirus, pues resulta curioso comprobar la poca diferencia entre las preocupaciones más recientes de nuestra sociedad y los problemas planteados hace más de un siglo.

La maleta de Joaquín María Fernández Álvarez y alguna de sus posesiones sí lograron volver a Colombres y hoy están expuestas en el Museo de la Emigración.

Compartir el artículo

stats